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Democracia: la forma más sutil de control mental.

Las redes sociales, la posverdad y la desinformación cambiaron desde hace ya tiempo la manera de hacer política, a ello también se suma la crisis humanitaria derivada de la COVID-19 que amplificó los problemas económicos y sociales, desnudando esquemas corruptos e ineficaces de muchos gobiernos.

Si bien hemos tenido cambios positivos, el conjunto ha acelerado la entropía de la democracia en todo sentido, a pocos pasos de situarla en una especie de autoritarismo. Tipos de política y políticos nuevos han sido engendrados. La nueva arena política es digital, anárquica y peligrosa.

En este sentido, el profesor y científico colombiano José Roberto Gómez Gutiérrez, a través de un texto titulado «La Falacia de la Democracia», señala la existencia de una forma de autoritarismo enmascarado en un sistema político llamado democracia:

«Los esclavos dependientes del razonamiento ajeno, que aún no han alcanzado la madurez suficiente, para hacerse cargo por sí mismos, de responder las inquietudes fundamentales de la existencia humana; naturalmente, no tienen la autoridad intelectual suficiente, para tomar decisiones que afectan a la sociedad global y al entorno donde ella está insertada; por eso, la Democracia, que es una forma de gobierno, donde las masas ignorantes, eligen líderes, motivadas solamente por las emociones primarias manipuladas, y no, por el voto razonado, que favorezca al Bien Común Global, es la que en última instancia, nos ha colocado, en ésta sin salida del caos y la confusión planetaria, provocada por los egos que traicionan la voluntat popular, actuando como testaferros de las grandes corporaciones y como idiotas útiles, de los gamonales de turno, que a través del terror sistemático, privilegian los intereses privados, sobre los intereses nacionales. Esta realidad monda y lironda, ha sido auspiciada y cohonestada por los líderes religiosos, demostrando así su contubernio con las élites corruptas, que mantienen a los pueblos en la ignorancia y la servidumbre. Sólo la Ciencia, liberada del yugo y la mordaza, que la codicia criminal le impone, para proteger a sangre y fuego, los intereses privados apátridas, puede representar con fidelidad, los intereses soberanos de los pueblos y de su espléndida y sufrida biosfera, bañada por las intermitentes radiaciones solares, que son la verdadera fuente de la Vida; desconocida criminalmente, por todas las religiones, cuyo único soberano, es el dinero mal habido».

Hasta cierto punto podría parecer evidente que no vivimos en una época totalitaria. Si nos comparamos con las sociedades maoístas, estalinistas, nazis, juches o islámicas, seguramente la nuestra saldría bien librada, en términos generales. Incluso se podría pensar, como algunos gobiernos y sobre todo algunas corporaciones nos quieren hacer pensar, que vivimos en la era de la libertad y de la democracia. Con todo, un examen atento de las condiciones en que vivimos puede revelar que los modos de control de las sociedades contemporáneas son, de hecho, más sutiles que en épocas pasadas.

La sociedad occidental moderna ha hecho de la «democracia basada en la soberanía del pueblo» la clave de bóveda de su sistema político. Fueron los Estados Unidos nacidos de la Guerra de Secesión quienes dieron la pauta para esta forma de gobierno «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» cuyo concepto ha acabado imponiéndose. Sin embargo, en las democracias actuales, el «pueblo soberano» no es más que una comparsa que interviene, muy encauzada, tan sólo en el momento del voto, observación no por redundante menos necesaria. En realidad prevalecen las oligarquías de gobierno y de partido, la corrupción de la clase política, la demagogia de los líderes, la apatía de los ciudadanos, la manipulación de la opinión pública, la degradación de la cultura política y de los anuncios.

El éxito de la democracia radica en la manipulación de la realidad que políticos y comunicadores políticos llevan a cabo mediante un bombardeo mediático sistematizado a través del control parcial o total de los medios masivos de comunicación (incluidos internet y redes sociales), generando así las condiciones necesarias para imponer esta forma de gobierno: desinformación, empatía, participación, simulación y aceptación.

Noam Chomsky es uno de los intelectuales que durante décadas han notado cómo la «democracia» es en realidad una forma de control de la sociedad que reduce los límites del pensamiento y estrecha los paradigmas con que entendemos la realidad. En su libro The Common Good, publicado originalmente en 1998, Chomsky tiene una frase que describe perfectamente lo que vivimos actualmente; escribe el lingüista:

«La forma inteligente de mantener pasivas a las personas y obedientes es limitar estrictamente el espectro de la opinión aceptable, pero permitir un airado debate dentro de este espectro -incluso fomentando puntos de vista críticos y disidentes [dentro de este límite]-. Esto le da a las personas la sensación de que hay un libre pensamiento aconteciendo, pese a que todo el tiempo las presuposiciones del sistema están siendo reforzadas por los límites impuestos en el espectro del debate».

Un famoso ejemplo de esto en Estados Unidos es el debate que se da en la sociedad entre republicanos y demócratas, en el que no sólo se asume que son las únicas dos opciones, los dos límites del espectro de la política, también se presupone que son realmente visiones distintas, cuando en realidad, según Chomsky, son casi siempre la misma ideología vestida diferente para sólo generar dicha sensación de polémica y crítica.

En otra parte, Chomsky llama a este fenómeno la «oposición controlada». A este respecto pongamos por caso las redes sociales, donde las personas se enfrascan en airados debates bajo la impresión de estar ejerciendo su libertad de expresión con el más amplio criterio de libre pensamiento, sin notar que los mismos medios digitales son una burbuja que constriñe enormemente los límites del pensamiento; no sólo lo aceptable (lo políticamente correcto) sino lo pensable, pues «el medio es el mensaje».

De acuerdo con el escritor portugués José Saramago, la democracia es una gran mentira porque lo que determina la vida son las finanzas y los financieros, los cuales nunca se presentan a las elecciones. Saramago afirmaba que la democracia funciona sólo hasta un nivel con sus partidos y parlamentos, pero a partir de ahí, desaparece el llamado «gobierno del pueblo», pues en opinión del portugués, cada vez nos estamos haciendo más iguales, en el sentido menos bueno, menos creativo y menos contestatario; perdiendo así la capacidad de discutir y convirtiéndonos en simple espectadores de «el circo de la política», en referencia a la obra de Josep Maria Loperena.

Para el filósofo estadounidense Jason F. Brennan, «la democracia es un gobierno escogido por ignorantes y ‘hooligans’ de partido». Brennan quien es catedrático por la Universidad de Georgetown, es conocido como uno de los impulsores del movimiento «bleeding-heart libertarianism», una filosofía política que combina el énfasis en las libertades económicas y civiles capitalistas, con hincapié en la justicia social, de fuerte raigambre anarquista (una tradición política que Brennan, lejos de rechazar, reivindica). En su libro, Contra la democracia (Deusto), Brennan afirma que la democracia no es una forma justa de gobierno y, de hecho, nos lleva a tomar decisiones irracionales, que no son buenas para nadie. Propone, en cambio, implantar una epistocracia: el poder de los que saben.

La «democracia defectuosa», es un concepto propuesto por los politólogos Wolfgang Merkel, Hans-Jürgen Puhle y Aurel S. Croissant a principios del siglo XXI para subtilizar las distinciones entre sistemas políticos totalitarios, autoritarios y democráticos. Se basa en el concepto de democracia incorporada, pues funcionan a través del «régimen electoral» (elecciones libres, imparciales y frecuentes). Estos regímenes en transformación son regímenes «relativamente» democráticos, muy representativos y abiertos al debate público que han llegado a niveles de participación bastante aceptables.

Dahl reserva el término «democracia» para la concepción ideal de esta forma de gobierno, y utiliza la expresión «poliarquía» para denominar a las democracias realmente existentes, es decir la realidad más cercana a la democracia entendida como ideal. Robert Alan Dahl, uno de los teóricos más importantes de la democracia moderna ideó el término de «poliarquía» con el significado literal «gobiernos de muchos» para hacer referencia a las diferentes «democracias con adjetivo» que se han establecido en la literatura. Son democracias a gran escala que gobiernan países enteros, por lo que no resulta factible en ellas la democracia directa.

En la historia de las doctrinas políticas se considera que fue Aristóteles quien individualizó y definió por primera vez la demagogia, definiéndose como la «forma corrupta o degenerada de la democracia» que lleva a la institución de un gobierno tiránico de las clases inferiores o, más a menudo, de muchos o de unos que gobiernan en nombre del pueblo.

Por su parte Robert Proctor, definió a la agnotología como el estudio de la ignorancia o duda culturalmente inducida, es decir, la producción estratégica y deliberada de ignorancia. De acuerdo con Proctor, la ignorancia se genera activamente en la sociedad a través de fuentes como el secretismo militar o judicial y se difunde por medio de políticas deliberadas. En el caso del debate político, la agnotología recurre a su absoluta degradación por medio de la retórica de la desinformación o bien, haciendo que el debate gire no en torno a unos datos, sino en torno a propuestas para cambiar esos datos y la realidad. Las «armas de distracción masiva» persiguen dos cosas:

1. Negar la credibilidad de las fuentes, por muy solventes que sean.
2. Negar los propios hechos.

El efecto combinado de estas dos estrategias es brutal: la producción intencionada de ignorancia que, dicho sea de paso, necesita de la colaboración no sólo de políticos y publicistas, sino también de grandes medios de comunicación y periodistas bien conocidos, comprados o voluntarios, logra resultados; originándose la llamada «posverdad».

De esta manera tenemos que «la ignorancia es poder y la agnotología es la creación deliberada de ignorancia» si a esta fórmula maquiavélica le añadimos democracia, obtendremos como resultado un modelo magistral para lograr el control mental de las masas.

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