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Inflación: el impuesto oculto.

La inflación es un proceso económico provocado por el desequilibrio existente entre la producción y la demanda; causa una subida continuada de los precios de la mayor parte de los productos y servicios, y una pérdida del valor del dinero para poder adquirirlos o hacer uso de ellos.

Tanto la política monetaria como la fiscal son, según los estándares históricos, tremendamente expansionistas y financiar el gasto con emisión es un facilismo político que termina costando muy caro a los supuestos beneficiarios de la bondad estatal. Junto al crecimiento económico y a la lucha contra el desempleo, el control de la inflación es uno de los principales objetivos económicos de todo país. Y es que, ante el incremento generalizado de los precios, si los salarios no aumentan, se ve perjudicado el poder adquisitivo de las clases más vulnerables, pues el aumento nominal en los ingresos de las familias no llega a compensar el ritmo de crecimiento de los precios y los hogares más pobres son los que más pierden. Es decir, la aceleración de la inflación aparece claramente asociada a una distribución más regresiva del ingreso.

La inflación no es un fenómeno económico reciente, el problema de la variación de los precios que desvaloriza al dinero, es casi tan antiguo como la moneda acuñada, por eso para esbozar una breve historia de la inflación hay que remontarse al surgimiento de la moneda como medio de pago.

Una mirada al pasado ubica este acontecimiento en el siglo VI antes de Cristo, durante el reinado de Creso en Lidia, territorio que hoy forma parte de Turquía. Este rey ordenó acuñar la primera moneda de la historia, llamada «Stratero», la cual llevaba su sello real y se difundió muy rápidamente; por entonces la palabra inflación no era conocida, pero sus efectos empezaron a sentirse, de modo significativo, como ocurrió en el antiguo Imperio Romano.

Aunque hoy parezca increíble, tres emperadores romanos de la Era Cristiana, (Calígula, Claudio y Nerón), tuvieron que enfrentar serios problemas derivados de la pérdida de valor de sus monedas debido a la inflación, y otro emperador, Diocleciano, fue tal vez el primer gobernante de la historia que diseñó y aplicó un plan antiinflacionario, el «Edicto sobre Precios de Diocleciano» (en latín, Edictum De Pretiis Rerum Venalium) en el año 301 después de Cristo, que fijaba los precios máximos para más de 1300 productos y servicios de la época. A pesar de que las penas para el que violara este plan incluían la condena a muerte, el edicto fracasó, porque desaparecieron los productos de los mercados, los precios subieron y surgió el llamado mercado negro.

Durante la Edad Media, los reyes alteraban la ley de sus monedas para engañar a la población. Así les hacían creer que tenían el contenido habitual en oro o plata, cuando en realidad habían sido alteradas con algún metal de ley más barato para reducir el contenido de metales preciosos. Un simplista y tramposo dolo para no tener que aumentar los impuestos conque los soberanos financiaban sus guerras, sus prostitutas, sus orgías, sus cortes y sus disparates. – Al menos por un tiempo – diría Luis XVI.

Tiempo después, en el siglo XVI, se produjo un acontecimiento conocido como la «Revolución de los Precios», vinculado al descubrimiento y la extracción de metales preciosos del «Nuevo Mundo», lo cual generó un gran debate sobre las causas de aquella inflación. En 1568, el francés Jean Bodin, formuló por vez primera en la historia del pensamiento económico una «Teoría de la Inflación» él explicaba ese fenómeno diciendo que la expansión monetaria que afectaba a las metrópolis, se debía a la disponibilidad de grandes cantidades de oro y plata, provenientes de la explotación de las minas de las colonias americanas.

Ya en el siglo XX, Irving Fisher, uno de los grandes economistas de su época, formalizó esta noción dotándola de un marco analítico, que se hizo popular gracias a la célebre frase del premio nobel en economía Milton Friedman:

«La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario en el sentido de que solo es y puede ser producida por un incremento más rápido de la cantidad de dinero que de la producción».

Hoy en día esta proposición es plenamente aceptada por los economistas. Sin embargo, la relación entre oferta de dinero e inflación estuvo en el centro de la discusión entre las dos principales escuelas de las décadas de 1940 a 1970: los keynesianos y los monetaristas. Ambos bandos aceptaron la formalización de Fisher, que, de hecho, es una sencilla identidad: el valor de las transacciones en una economía debe ser equivalente a la cantidad de dinero que circula en ella. Sin embargo, mientras que los keynesianos pensaban en el corto plazo, durante el cual los precios son relativamente rígidos, los monetaristas se centraban en el largo plazo, cuando los precios pierden su rigidez y se ajustan a la oferta de dinero. Debido a esta diferencia en el énfasis, los keynesianos argumentan que la inflación está afectada principalmente por variables reales (como la tasa de paro), mientras que los monetaristas defendían que es un fenómeno preeminentemente monetario (es decir, causado por las variaciones en la oferta de dinero). La discusión, finalmente, contribuyó a enriquecer la teoría económica. En la actualidad, la distinción entre un corto plazo con rigideces de precios y un largo plazo con precios flexibles es una herramienta básica del análisis económico. Así, pese a que los factores reales son relevantes para las fluctuaciones a corto plazo de la inflación, sabemos que a largo plazo esta viene determinada por el crecimiento de la oferta monetaria.

El fenómeno de la inflación ocurre al día de hoy, cuando el Estado emite más billetes que los que requiere la economía para un nivel de actividad dado, cualquiera fuera el propósito. La fórmula áurea MV=Py es inexorable. Casi una perogrullada: la cantidad de moneda en circulación multiplicada por la velocidad de rotación del dinero es igual al producto de todos los bienes y servicios que se adquieren multiplicados por sus precios. Toda economía gira en torno a esa equivalencia. Negar, es una dilación decisional que crea pobres y los eterniza cruelmente.

Constantemente somos muchos quienes advertimos los riesgos que supone la irresponsabilidad en el manejo de la economía y las finanzas públicas. Aunque cada día hay más ojos puestos en ellos, aún necesitamos construir mecanismos que nos permitan seguir más de cerca, exigir cuentas y sobre todo lograr que haya consecuencias ante el robo, la ineptitud y las malas decisiones.

El problema es que la inflación es algo que todos padecemos y sentimos pero casi nadie se atreve a cuestionar. En pocas palabras, la inflación es el aumento generalizado de precios, un impuesto oculto desde el gobierno hacia los ciudadanos en el que el gobierno aumenta su liquidez a expensas de los ahorros de los ciudadanos, lo cual resulta inaceptable.

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