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La honrosa medianía.

Cuando era estudiante de la Escuela de Escritores de SOGEM, una cátedra que disfruté siempre fue la de Dramaturgia, que impartió el Maestro Hugo Argüelles, dramaturgo esencial en la historia del teatro mexicano. Médico de profesión, el escritor veracruzano es considerado el gigante del humor negro mexicano.

Innumerables comedias construyeron su camino hacia la cima más alta de la dramaturgia nacional.

Argüelles dejó una huella permanente en mi pensamiento y principios. Esas dos horas de aquellos miércoles, fueron un festín de vida.

Algunas veces -las más- aquella cátedra fue una verdadera orgía de conocimiento sobre el comportamiento humano. Los argumentos y enseñanzas que se desprendían de la mente de Argüelles y que resonaban en el pensamiento de nosotros sus alumnos, se caracterizaron por su crudeza y poderosos argumentos.

La franqueza en los conceptos del viejo dramaturgo siempre fue irrebatible. No exagero al afirmar que el Maestro de la cátedra de Dramaturgia, resultó un inmejorable Maestro de la conducta humana. “[…] y es que de eso es precisamente de lo que trata el buen teatro: de la vida”, repitió siempre.

Una de esas tardes prodigiosas, Argüelles esgrimió, a propósito de una referencia a Diógenes, un argumento tan sólido como una roca: “Los seres humanos se enferman de excesos y de carencias”.

Explicó que aquél que devora una cena con gula, más allá de satisfacer su necesidad de alimento, daña su cuerpo y enferma. De la misma forma que enferma aquél que no cena porque falta el alimento en su mesa. Igual pasa con prácticamente todas las actividades humanas. La madurez, nos explicó, recae en reconocer nuestros límites, en buscar el equilibrio.

Nadie en su sano juicio necesita un millón para satisfacer sus necesidades, no sólo primarias y básicas; no necesita de bienes materiales para alcanzar una vida plena. “El que vive en un palacio, además de fatuo, es irremediablemente un ser humano con mal gusto”. De la felicidad no digamos nada por ahora. La felicidad es otra cosa.

Habló de la importancia de dar valor a las cosas. No justo. No exagerado ni eximio. Sólo el peso real que cada quién debe dar a los satisfactores materiales. “El valor del dinero es grosero. ¡Es una mentada de madre!” ¿Quién se atreve a poner en valor metálico el precio a una vida? No, el valor de un billete no es el mismo para dos personas en situaciones extrapoladas.

Un billete de cien pesos no vale lo mismo para un desposeído, que para un clase media y, a su vez, para uno de familia acomodada. En el primer caso, quizás es tan valioso que eso le signifique resolver sus necesidades primarias por tres o cuatro días, a lo sumo. Eso cambia, por ese escaso periodo de tiempo, la perspectiva de su vida. Para el de clase media, podría significar lo de la tanda o completar para los pasajes. lo que no significa un beneficio sustantivo.

Para el de familia acomodada, unas chelas, y no muchas. Aquí es nada. Pero, si nos armamos de crudeza, a un indígena en el centro de cualquiera de las grandes ciudades de este país, que para ellos son monstruosas, puede significar salvar su vida o la de uno de sus pequeños hijos. Y en todos esos casos es el mismo billete de cien pesos.

Nos dijo que la vida va de eso. El valor de los satisfactores según el contexto de nuestras vidas. Sin embargo, no se nos puede permitir la indolencia y la injusticia de lo que viene ocurriendo con mayor desenfado entre las sociedades de este fin del siglo veinte -yo cursé esa cátedra hacia la mitad de los ochenta-.

No podemos pensar que no es muy grave que se pierdan cientos de miles de vidas entre la desesperanza y la tristeza. No nos puede parecer normal que a un mendigo no se le permita cubrir sus necesidades básicas. Que los talentos se pierdan por la necesidad de un pan o de un techo.

Que la vida tenga diferente valor, igual que el billete de cien, para unos y para otros. La farsa es la exageración de ciertos argumentos de la historia o el carácter de los personajes. Estamos en medio de una farsa alegórica de los bienes materiales. Lo grave es que nos parece normal.

Me queda claro que ese equilibrio al que se refirió Argüelles no se alcanza fácilmente. Es más, son muy escasos los que lo logran, pero esos tienen, sin duda, la oportunidad de una vida más plena y feliz. Porque aquí ya podemos hablar de la felicidad.

Jorge Luis Borges, escritor argentino cuya obra lo significa como una de las cumbres de la literatura del siglo pasado, se refirió al lujo de una manera lapidaria. En una entrevista realizada en su patria en el año de 1981, dijo a propósito de una pregunta que le fue hecha con carácter literario: “[…] el estilo lujoso me parece feo, al igual que el lujo me parece feo.

La idea del lujo me parece atroz y la idea de la miseria también. En fin, yo pertenezco a la honesta clase media e intento estar lejos del lujo y de la miseria o trato de hacerlo.” Luego el entrevistador intenta hacerle otra pregunta acerca de los que utilizan el lujo en la literatura, pero es interrumpido por Borges para regalarnos otra joya aderezada con ese ácido sentido del humor que tenía el escritor argentino y que presumía en las charlas y entrevistas. “[…] el problema del sistema capitalista es eso: da pobreza a unos y ocio y tedio a otros.

Los ricos son víctimas también. Prueba de ello es que la gente rica hace, sin cobrar un centavo, cosas por lo cual los otros cobran. Por ejemplo, bailan gratis…” Y hace la pausa del pensamiento.

El entrevistador se ríe tímidamente, mientras el sabio ciego parece adivinar esa mueca burlona que supo provocar. Y continúa: “bueno, juegan al golf gratis, cosa que no haría otra persona. Pero ellos ¿qué más van a hacer?”

Ambos literatos plantean, con una fortaleza absoluta, lo injusto del sistema capitalista que nos fue impuesto como sociedad y que ahora no sólo es caduco e injusto, sino enormemente débil y sin fundamento filosófico.

De la simple pregunta ¿cuánto se necesita para ser feliz? Se desprenden un sinnúmero de respuestas. Muchas de ellas se basan aún en la exageración económica. Otras -las menos-, en la justa y honrosa medianía. Es irrefutable que el contexto de vida y del entorno social y económico de nuestras sociedades, no es una vara que mida parejo.

La vara de los de clase acomodada, podría parecer monstruosa para los de clase media y aún más, para el mísero o desposeído.

Sin embargo, la justa medianía del acomodado podría ayudar a desaparecer sus groseros privilegios. De la misma forma que la de la clase media se ocupe de lograr un desarrollo profesional más completo, poniendo sus talentos y habilidades por encima del simple éxito económico. Un entorno más justo en general.

El verdadero salto de calidad de vida se vería reflejado en el de pobreza y pobreza extrema. Sin duda que en ese extracto de la población -que es el mayoritario-, los niveles de justicia social e igualdad de oportunidades sería enorme. Seguro estoy que la riqueza económica de la patria tendría una mejora sustantiva, quizás exponencial.

El sistema social se basaría en el bien común. Los gobiernos podrían administrar los recursos naturales y la productividad del pueblo en beneficio colectivo.

Enfocarían sus esfuerzos y trabajo al cuidado del medio ambiente y a la búsqueda de adelantos científicos que aseguraran una vida más saludable y plena. Los opresores se extinguirían, el hambre también. Todos sabrían leer y tendríamos un pueblo sabio y culto. A los criminales se les extinguiría de manera natural, pues no tendría razón de ser el robo o despojo de los bienes materiales, ni por genuina necesidad, ni por absurda acumulación.

El mercado se centraría en los servicios y no en las mercancías. Pero, lo más importante, los ricos seguirían siendo ricos -nada de malo hay en eso-, el mediano sería verdaderamente aquella honesta clase media a la que se refirió Borges. El pobre dejaría de serlo para integrarse de lleno a la clase productiva, donde sus talentos y el piso parejo, lo acomodarían a donde corresponde.

¿Una utopía? Quizás. Aunque lo más utópico desde hace ya mucho tiempo, es y ha sido la justicia social.

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