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La Marcha.

“[…] es así que convocamos a esta marcha para la Defensa de los Pueblos Unidos de La Patria Grande, con el objetivo de plantar cara a la feroz y decidida ofensiva de la derecha latinoamericana.
¡Pueblo en lucha, venceremos!”

Revisó su texto seis, siete, ocho veces. Una mueca de aprobación y luego el click en el botón de publicar.
Listo.

Germán Hernández ya contaba con un reconocido prestigio en la facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Sus intervenciones en clase, pero sobre todo sus poderosos textos críticos hacia el régimen neoliberal “que esparcía sus tentáculos sobre el territorio latinoamericano”, lo colocaron como miembro importante de la dirigencia de una asociación política que va tomando fuerza y representatividad. Sus escritos trascendieron hacia la red, como el cuerpo de un blog que ya alcanza miles de seguidores. Atendiendo el consejo del profesor Fausto Vivanco Orihuela, reconocido luchador social, teórico y académico de comprobada militancia en la izquierda mexicana, Germán ya organiza una selección de sus textos más destacados para publicarlos como un esfuerzo editorial de la organización política de la cual es miembro y de la misma facultad de Ciencias Políticas.

El menor de tres hermanos, Germán se decantó por la lucha social y política. Desde sus años en secundaria, siempre objetó a más de un profesor de historia o civismo con vehemencia y carácter. Su firmeza se apuntaló con lecturas valiosas y siempre de posición e ideología de izquierda. Josefina, su madre, lo escuchó con paciencia e interés en esas noches repletas de convicción y principios que fue madurando en la prepa. Su padre, un burócrata mediano, lo escuchaba con fastidio y desazón. Siempre mantuvo distancia con el menor de sus hijos y esa ausencia terminó por levantar un muro infranqueable y gris.

Germán se dispuso a preparar sus mejores instrumentos de protesta. Revisó el millar de copias que había sacado por la mañana, de uno de sus más aplaudidos documentos. Sonrió excitado por lo que venía: una marcha de protesta convocada por asociaciones civiles y políticas, siendo la que él pertenecía, una de las convocantes más importantes. Esa excitación ya era común cuando algo así ocurría, pero esta vez él será uno de los integrantes de la primera fila en la marcha. Caminará junto a miembros muy destacados de la izquierda mexicana: Un reconocimiento a su lucha y a su persona. Cuando fue a despedirse de su madre, ella lo abrazó y le exigió cuidarse. Ya hacía tiempo que no lo persignaba. Sabía que a su hijo le molestaba ese gesto y ella decidió hacerlo sin hacerlo. Cuando Germán cerró la puerta al salir, a Doña Josefina le recorrió un escalofrío por la espalda.

Roberto miró su reloj y supo que ya era hora. Desde hacía un par de semanas, el equipo que lideraba en la llamada Unidad de Inteligencia Política y Social de la Marina Armada de México, fue avisado y convocado para vigilar y hacer trabajo de contención en la marcha que se realiza hoy y que tendrá una participación como hace mucho no sucede. La fuerza que fue tomando el evento organizado por lo más prominente de la izquierda mexicana, levantó escozor y un legítimo temor y reserva en el gobierno mexicano. “Algo grande puede salir de allí, capitán”, le informó uno de sus superiores en la junta a la que fue requerido para dictar la estrategia a seguir en el evento. Roberto, como siempre, en silencio escuchaba y guardaba en la memoria las órdenes que, sin duda, obedecerá al pie de la letra; sin pero, sin cortapisa, con firmeza y valor. Principios aprendidos en la academia naval desde muy joven. Sus ya probadas obediencia y disciplina, además de su talento natural para trabajar a ras de suelo como agente de campo, lo hicieron escalar peldaños, rápido y firme, en la escalera de mando de la Marina.

Apresuró sus pasos al cuarto de control operativo, sitio desde donde transmitirá la estrategia y marcará la cadena de mando de su equipo. Trece hombres y siete mujeres de toda su confianza. Preparados y elegidos por él precisamente para estas tareas, donde se requiere valor, profesionalismo y talento. Empeñó siempre el éxito de su carrera en el equipo que dirige con absoluta convicción. Pero esta vez hay algo que lo incomoda. Dejaron a su consideración la elección de ejercer, de ser necesario, fuerza letal y represiva. La capacidad de su equipo es un activo muy importante en la propia institución militar, y dentro de sus mayores valores, está el ejercicio de la fuerza letal sin miramientos, pero con el sigilo y la oscuridad requeridos para evitar manchas rojas en la inmaculada camisa blanca del régimen al que sirve. Roberto supo que hoy tomaría decisiones difíciles, pero necesarias. Al entrar a la sala y ya parado frente a su equipo, que le demostró respeto y obediencia al adoptar la posición marcial de firmes a su llegada, balanceaba su cabeza de derecha a izquierda, como para sacudir esa incomodidad que lo agobiaba. “¡Atención equipo: en descanso!”, ordenó y de inmediato comenzó la junta de mando.

Germán observó, durante su trayecto en metro hacia el lugar de la cita, una vigilancia inusual. Miembros del ejército distribuidos en parejas en los vagones; grupos de cinco o seis policías de vigilancia bancaria e industrial en los pasillos de las estaciones. Despliegue atípico de seguridad y vigilancia para un día normal, pero la normalidad no estaba invitada a la marcha, ni por los convocantes, ni por el poder desafiado. Esta vez, por primera ocasión, el temor se hizo presente, húmedo e imparable, frío e incómodo, como el sudor que escurre por su espalda mientras el metro traga los kilómetros de vía que lo guían a la cita de mayor importancia de su vida.

Roberto ya despliega, con instrucciones precisas, a su equipo. Cuatro efectivos caminan vestidos de civil al lugar desde donde saldrá la vanguardia del contingente de protesta. En esa primera fila se espera la presencia de los líderes de siempre, pero que aparecen juntos sólo un par de veces por año. Un puñado de poderosos de gran convocatoria y presencia en el movimiento de lucha.

Roberto ordena, como lo había planeado, que un par de miembros de su equipo se coloquen en la azotea de uno de los hoteles con menos altura del Paseo de la Reforma. Su presencia sólo es conocida por quien la autorizó: el director del corporativo que controla al hotel y quien opera esa autorización: el jefe de seguridad del mismo. Los efectivos llegaron al hotel y se registran como dos huéspedes más. Una pareja de jóvenes novios que vienen de visita a la ciudad desde la provincia mexicana. Tan indefinido como eso. El jefe de seguridad toca a la puerta de la habitación y los conduce hacia el lugar definido con anterioridad. Sandra es una experta francotiradora, Joel su alumno más avanzado. Ella toma las decisiones. Él obedece. Se apostan, el jefe de seguridad se retira. Joel lo despide con un apretón y cruza sus labios con el índice, reiterando el silencio ya acordado. El jefe de seguridad asienta apenas con un gesto. Joel saca un cigarrillo de la cajetilla que siempre lleva en uno de los bolsillos interiores de su chaquetín negro y lo enciende. Sandra masca su habitual chicle de menta, que le ayuda a mojar sus labios que siempre se resecan ante la ansiedad que la visita cuando está en operativo.

Germán llega por fin a la estación Insurgentes del metro y camina con cautela, como queriendo esconderse entre la gente común. Pero hoy él no era común. Un par de compañeros lo reconocen cuando suben las escaleras que los llevan a la salida. Germán de inmediato se siente cobijado. El sudor ya empapó la espalda de su camiseta y las palmas de sus manos. Lo advierte porque uno de sus compañeros retira rápido la mano cuando lo saluda.

Josefina, la madre de Germán, enciende la radio para escuchar lo que acontece en la marcha de protesta. Escucha que la movilización es enorme. El poder de convocatoria de los notables que estarán a la vanguardia, provoca un contingente numeroso y poderoso. El reportero advierte que el operativo policiaco también es muy nutrido. Camiones de granaderos ya están estacionados muy cerca de la columna del Ángel de la Independencia, lugar desde donde partirá la marcha en un par de horas. La mirada de Josefina se pierde tratando de dibujar las imágenes que va relatando la radio. El silbido de la tetera la regresa a su casa, el hogar de sus hijos, la morada de su familia. Mueve la cabeza como negando un pensamiento sombrío que sorprende su reflexión y se dispone a prepararse una taza de té. A ella también le sudan las manos.

Cuando Germán llega al Ángel, saca de su mochila las copias que preparó y les pide a sus compañeros repartirlas entre la muchedumbre. Sus hermanos de lucha se pierden entre la gente con las hojas en la mano. Germán mira a su alrededor. “No pasa nada, cabrón”, se dice e intenta sacudirse los nervios mientras camina hacia donde ya están algunos de los notables.

Roberto recibe un primer informe. Escucha atento a través del aparato de comunicación que trae pegado al oído. La situación podría ser grave. ¡Chingo de gente! Muchos son jóvenes. Algunos sindicatos traen choques entre sus miembros. Están listos por si hay algún enfrentamiento. Los granaderos aún están replegados dentro de los camiones. Ya llegaron casi todos los notables. Falta el chingón. Roberto piensa. Siente una opresión en el pecho. La presión llega. Su equipo está por fuera del operativo oficial. Ya no tendrá contacto con superiores, ni con autoridades locales. Está por su cuenta, pero las órdenes ya fueron dadas. Oprime el puño derecho y mira el monitor colocado en la camioneta estacionada a unas cuadras del Ángel. Piensa. La opresión aumenta. Decide salir a caminar.

Germán platica con algunos compañeros. Ya saludó a los notables. Un diputado federal lo abraza y le regala frases de aliento y admiración. Germán trata de aliviar su nerviosismo. Reconoce a un compañero que se acerca. Viene caminando con el rostro ansioso. Es el secretario particular del diputado. Lo saluda con una mueca cuando pasa a su lado. Le dice algo al diputado al oído. El rostro del político cambia drásticamente. El diputado se aparta y saca de uno de sus bolsillos el teléfono móvil. Hace una llamada. Germán vuelve a mirar a su alrededor. Se siente solo en ese momento. Cuando su mirada busca al diputado, éste ya había desaparecido.

Roberto se comunica con Sandra, que sigue apostada en la azotea del hotel. Le comenta que le confirman que los grupos de choque contratados por el gobierno federal arribarán, en pequeños grupos, durante la próxima media hora. El plan es que se vayan integrando durante la marcha a través de pequeñas calles aledañas a Paseo de la Reforma. Ya infiltrados, a unas dos cuadras de arribar al Caballito, comenzarán a dañar comercios. Sandra está apostada, precisamente en el lugar que refiere Roberto. “Al comenzar el desmadre, preparados. Yo te indico y ¡a chingar a su madre!” Sandra contesta con un lacónico “R4”.

Germán tampoco ve al líder. Escucha murmullos entre la algarabía de la muchedumbre. Son murmullos que reconoce manchados de temor. Frases encontradas. Sílabas entrecortadas. De nuevo mira buscando una respuesta al caos. De nuevo el miedo escurriendo ahora por su rostro. Se sorprende cuando un brazo lo alcanza y lo coloca, como si estuviera en la primaria, al frente del contingente. Una voz desconocida le ordena permanecer quieto y le avisa que el líder no podrá venir. De nuevo con los ojos reconoce el terreno. Junto a él se encuentra un líder sindical. Fuma y le comenta que “va estar cabrón, mijo.” No entiende. Un minuto después entrelaza su brazo izquierdo con el brazo derecho del líder sindical y comienzan a caminar.

Josefina escucha sentada en la mesa de la cocina la crónica de la marcha. Está sola en casa como casi todas las tardes. Ya está acostumbrada a los sonidos de la soledad. Esos que rompen el aparente silencio, la monotonía sonora de una casa sin compañía. Pero esta vez esos sonidos huyen y la dejan sola. Tan sola que escucha su propia respiración. Como si incluso, la radio se hubiera apagado.

Sandra ordena a Joel tomar posición. El objetivo es el líder. Aprovechando la confusión creada por los vándalos contratados por el gobierno federal, deberán apuntar a la cabeza. Uno, dos disparos a lo mucho. “Debe caer limpio”, le había ordenado Roberto a Sandra. A solas. Aparte del equipo. “¿Qué?”, preguntó incrédula. Roberto le marcó obediencia con una dura mirada. Sandra no la soportó y agachó el rostro. “Joel no debe saber. Esto es entre tú y yo”. “¡Entendido capitán!”, contestó la teniente.

Los primeros metros le parecen eternos, como si caminara en arena hirviendo. No entiende porqué su cuerpo lo traiciona en el día más importante de su lucha. Germán se ordena calma. Las piernas le tiemblan. El pecho le brinca de excitación y temor. El líder sindical lo mira extrañado y le da ánimos. “Calmado mijo, una hora de caminata, el mitin y yastuvo.” Germán no lo escucha. “Te irás curtiendo, cabrón. Esto es de hombres. Te estás volviendo hombrecito.” Es cuando Germán da cuenta de los provocadores, de los infiltrados. Con el brazo que trae libre, los señala. ¿A quién avisa? Las palabras se le hacen nudo en el cogote. No le salen. Pero él sigue señalando. Los que vienen detrás de ellos comienzan a gritar que no caigan en provocaciones. “¡No paren!”, ordenan a través de los altoparlantes de los cuales segundos antes salían cánticos y arengas. “¡Sin parar! ¡Sin distracciones!” Los vándalos visten de negro y esconden sus rostros con paliacates y pasamontañas. Los paliacates son azules, todos idénticos. “Son tan cínicos estos cabrones que los uniformaron. ¡Vale madres!” Replica el líder sindical, que camina con más firmeza. Han cambiado su rostro y sus pasos, Germán advierte que también el líder sindical suda. “Este pinche miedo”, se dice en silencio.

Josefina se cubre la boca con las temblorosas manos. Escucha por la radio que de la marcha salen grupos de jóvenes que con martillos, palos y picos destruyen los comercios. Ella no sabe que el guión está cumpliéndose al pie de la letra. Al igual que los vándalos, al reportero también le ha pagado el gobierno federal. “Una lucha, que se pregona legítima, está siendo manchada por el propio contingente”, y la mentira comienza a esparcir su miseria. Doña Josefina tiembla. Una lágrima escurre por su mejilla. Ella no se da cuenta, pero el miedo ya la ha tomado completa. Cuando quita las manos de su rostro, tira la taza de té, que se derrama sobre la mesa y comienza a escurrir hasta el piso. La mesa la acompaña en el llanto.

Sandra ya está lista. Por el intercomunicador le avisa a Roberto que no ve al objetivo. Joel no la escucha. Respira con calma, apuntando hacia la vanguardia del contingente. El sonido de cristales rotos. “¡No se distraigan!”, se escucha entre gritos. El contingente sigue su marcha sin dispersarse. Ellos saben que no deben hacerlo, que si claudican ¡todo se va a la chingada! Es cuando los jóvenes de negro avanzan, ya en formación contra los que marchan. Primero se acercan amenazantes, provocadores. Sandra dice para sí con los labios cerrados que no lo hagan, que no caigan en provocaciones, como si estuviera rezando. Por la mirilla del arma ve cómo de pronto cinco, seis, un puñado de jóvenes surgidos del contingente salen corriendo. Les ha ganado el miedo. Detrás de ellos se desprende un grupo de los de negro y comienza la violencia. De la parte de atrás de la marcha surgen los golpeadores contratados por los líderes sindicales. A leguas se ve que son gente de barrio bravo. La golpiza es descomunal. Se dan con todo. Sandra cierra el ojo izquierdo y busca al objetivo. No lo encuentra. Repite “Capitán no lo veo. ¡No veo a este cabrón!” Por fin Roberto le contesta. “Ahí debe estar. ¡No me chingues!” Sandra no lo ve. Joel espera las órdenes.

Germán ya está solo. El líder sindical huyó y ni supo en qué momento. De nuevo mira para todos lados. Una parte del contingente continúa marchando, aunque no guarda ya la formación inicial. “¿Y los líderes? ¿Dónde chingaos están?” Se descubre mirando a uno de ellos. Un luchador social que trata de mantener su línea y continúa el camino trazado. Germán sigue mirando para todos lados. Petrificado. Resuelve que así, como está, sin moverse y esquivando golpes a su alrededor, es como corre menos peligro. De pronto siente un golpe seco en la espalda. La vista se le cubre de un rojo intenso. Se descubre con el pavimento oprimiendo su mejilla. Ahora es sangre lo que escurre por su rostro. Como puede se levanta y aturdido comienza a correr. Trastabillando, logra alcanzar una de las calles aledañas. Nadie lo ataca. La sangre le sirve de escudo. La sangre lo salva.

Ahora es la taza la que rueda sobre la mesa y cae, haciéndose pedazos contra el suelo. Josefina está paralizada. Parece una estatua de sal con una mueca despreciable que le pinta el rostro de tragedia. Las lágrimas ya le hicieron surcos de profunda tristeza en las mejillas. Reza sin saberlo. De manera automática surgen los padres nuestros y el novenario completo. En estos momentos es su única tabla flotando en medio de un océano furioso y devastador. Cierra los párpados como queriendo detener ese llanto amargo que, como ridícula paradoja, le ha secado la garganta.

Roberto abre la puerta corrediza de la camioneta y sale corriendo por una calle paralela a Paseo de la Reforma. Ha decidido, en medio del caos, buscar al objetivo. No puede fallar. Sabe que esta misión es de máxima prioridad y debe ser ejecutada. Tropieza con uno, dos, tres. Una pareja cae cuando lo esquivan. Por el intercomunicador escucha la voz de Sandra. Decide arrancarla de su oído. La voz de su subordinada le estorba, lo aturde. Debe cumplir la orden. Sin detenerse desenfunda su arma de cargo. La escuadra brilla en su mano. Llega a una esquina, donde supone que debe estar la vanguardia del contingente, y da la vuelta dirigiéndose hacia la marcha. A unos veinte metros de Reforma se detiene. Ha descubierto a dos hombres adultos que ayudan a un joven manchado de sangre que está sentado en el piso, apoyado en la pared. Camina sigiloso por la acera de enfrente. Se esconde entre los autos estacionados y se acerca hacia los hombres y el joven herido. Ya los apunta mientras camina.Sólo ve sus espaldas, de frente al chico sentado y con el rostro lleno de sangre que ya comienza a coagularse. Ya está a menos de cinco metros de ellos. Se detiene. No deja de apuntar. El joven lo descubre y grita. Suena un disparo. Dos, tres. Uno de los hombres cae. El otro
sale huyendo. “¡Chingada madre!” Corre persiguiendo al que huye.

Josefina por fin logra moverse. De inmediato se levanta y prende la veladora que siempre tiene frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe. Ese pequeño altar lo dispuso, principalmente, para solicitar la protección divina para su hijo mayor: Capitán de la Marina que continuamente realiza operaciones de muy alto riesgo. “Mi Roberto, perdóname, ahorita tu hermanito la necesita más que tú”, le dice a un retrato de su hijo con uniforme de oficial, que cuelga de la pared a un lado de la imagen de la Virgen.

Roberto ya perdió al hombre que logró llegar a la avenida y se perdió entre la batalla que aún se libra. Los granaderos ya actúan y reparten macanazos sin misericordia, con saña animal. El capitán se coloca el intercomunicador y ordena a Sandra despejar la azotea y salir de inmediato del hotel por la ruta de escape. “Te veo en el cuartel”, ordena. Mientras camina hacia donde está el cuerpo inerte del hombre al que apenas dio muerte, enfunda el arma. Milagrosamente la calle está desierta en medio del caos. Se dirige hasta el cuerpo y le voltea el rostro para ver si lo reconoce. No. Quizás hasta ni siquiera estaba en la marcha. Algún buen samaritano que ayudaba al joven. “Pobre cabrón”. Entonces descubre que el joven sigue en la misma posición que tenía desde que lo vio por primera vez. Se acerca, mirando si alguien lo mira. Se pone en cuclillas y descubre que el joven tiene un orificio de bala en la frente. Las balas expansivas le desfiguraron por completo el rostro. “Ni hablar carnal, para qué gritas”. Se levanta y decide regresar a su puesto, como si nada hubiera pasado. A los tres pasos se detiene. Un escalofrío lo sacude. Cierra los ojos con furia. “Esos tenis. ¡No!” Se gira y regresa hasta donde está el joven muerto. Ahora reconoce el reloj y el tatuaje en una de sus manos. Una lágrima le brota del corazón. Se levanta y camina a paso lento, muy lento hacia la avenida. Mira el caos con la mirada empañada. Desenfunda su arma y coloca el cañón dentro de su boca.

Josefina no para de rezar frente a la imagen. Sus manos tiemblan. El llanto ha cesado, el miedo no. Termina uno de los misterios y abre los ojos. Descubre que la veladora se ha apagado. Entonces grita como una fiera herida. Los rezos se cambian por herejías. La ahora odiada imagen hoy no había protegido a sus hijos. Algo dentro, muy dentro de ella la hace gritar. Cae de rodillas, mientras un llanto espeso le ahoga el alma.

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