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COP26: entre el discurso medioambiental y la inequidad de responsabilidades.

La realidad es que no todos somos igual de culpables.

En estos tiempos de sensibilización medioambiental, lucha contra el cambio climático, reducción de gases invernadero y desarrollo sostenible parece que hay un discurso unánime destinado a concienciarnos de que abandonemos los coches que funcionan con diésel o gasolina y nos compremos uno eléctrico o híbrido, que consumamos la menor cantidad de carne posible y mejor todavía si la abandonamos, que ahorremos energía al máximo, por ejemplo en calefacción o aire acondicionado, que no usemos plásticos, que no viajemos en avión y que separamos para reciclar todos nuestros residuos: orgánicos, vidrio, pilas, envases, papel, cartón, periódico, pet, aluminio, etc. El discurso incluye argumentos del tipo «todos somos responsables del deterioro del planeta», «en nuestras manos está frenar el calentamiento global» o «tú puedes salvar el planeta». No seré yo quien niegue la idoneidad de las recomendaciones, pero es bueno preguntarnos cuánto hay de verdad en esos razonamientos de que todos somos responsables y que cambiando yo mis hábitos puedo salvar el planeta. Es evidente que ese planteamiento no diferencia responsabilidades, que nos pone a todos al mismo nivel o, dicho de otro modo, disuelve a los grandes responsables en el compromiso de cada uno de nosotros. Y, mucho más, apela a nuestro comportamiento como una obligación de la que no nos podemos desentender.

¿Somos todos igual de responsables?

Surgen varias preguntas: ¿De verdad somos todos igual de responsables? ¿Existe alguna relación entre las políticas medioambientales y los intereses de las grandes economías? ¿Seguro que es la gente común y corriente la responsable del futuro del planeta y de evitar el calentamiento global? ¿No querrán hacernos olvidar con ese discurso la responsabilidad de algunos para dispersarse en todos? ¿Existe alguna relación entre la capacidad adquisitiva y la producción de contaminantes? ¿Todos los países emiten la misma cantidad de gases invernadero?

Delegar responsabilidades al pueblo.

El gobierno de Francia, con el objetivo de reducir las emisiones de carbono, aprobó la supresión de los vuelos internos de las rutas que puedan cubrirse en tren en un periodo inferior a las dos horas y media. Se trata de una medida razonable, pero también hay que recordar que, según el estudio Estatus de élite: desigualdades globales en vuelos, en Estados Unidos, solo el 12% de las personas realiza el 66% de los vuelos que se producen; en Francia, el 2% de las personas toma la mitad de los vuelos; en China, el 5% de los hogares coge el 40% de los vuelos del país; en la India, solo el 1% toma el 45% de los vuelos y en México, el 4% de la población realiza el 90% de todos los vuelos. Es decir, los responsables de las emisiones contaminantes de los aviones son una minoría. Otro estudio, realizado en noviembre de 2020 y publicado en la revista Global Environmental Change, revelaba que sólo el 1% de la población mundial fue responsable en 2018 de la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero por parte de la aviación. Según la misma investigación, las aerolíneas emitieron en ese año mil millones de toneladas de CO2 y se beneficiaron de un subsidio de 98 mil millones de dólares al no pagar por el daño climático que causaron. De modo que parece que no somos todos igual de responsables en este tema.

Súper millonarios.

Una investigación bajo el nombre Medición del impacto ecológico de los ricos: consumo excesivo, desorganización ecológica, crímenes verdes y justicia, documentó el papel de los hábitos de consumo de los ricos en la desestabilización del clima. Examinaron la huella ecológica que generaban los «commodities de lujo», concretamente los súper yates, las súper viviendas, los vehículos de lujo y los jets privados. Según el estudio, «tomados en conjunto, la construcción y el uso de estos artículos en los Estados Unidos por sí solos probablemente crearán una huella de CO2 que supere a las de naciones enteras». Los analistas llegaron a la conclusión de que cuando una persona tiene mucho más dinero del que necesita para vivir, «adquirir propiedades y consumir en exceso se convierte en señales de distinción y, para obtener esas señales, la clase ociosa debe consumir». Es por ello que los investigadores no dudan en calificar el consumo excesivo de los ricos como «criminal» en términos de daño ecológico.

Súper yates.

Los investigadores estiman que hay alrededor de 300 súper yates en funcionamiento por todo el mundo con un precio que oscila entre los treinta y los mil millones de dólares. No hace falta mucha imaginación para adivinar el combustible que necesitan y lo que contaminan. Según los investigadores, la flota de súper yates del mundo consume más de 121 millones de litros de diésel y produce 284 mil toneladas de dióxido de carbono al año.

Súper casas.

Las súper casas de los multimillonarios son igualmente devastadoras para el medio ambiente. El promedio de metros cuadrados de estas casas supera los 3700, y su precio medio ronda los 28 millones de dólares. No se ha podido calcular la huella ecológica completa de dichas viviendas, pero sólo en madera dedujeron que si una casa media requiere la recolección de 20 árboles, una súper casa requiere 380 árboles. En los estudios medioambientales se define el concepto «secuestro de carbono» a la capacidad de los bosques y la vegetación para absorber el carbono presente en la atmósfera e incorporarlo a través de la fotosíntesis a la masa vegetal. Cuando los humanos eliminamos árboles estamos restando parte de ese secuestro de carbono positivo para el medioambiente. Pues bien, el estudio anteriormente citado establece en 34 toneladas la pérdida de secuestro de carbono que provoca una casa promedio, mientras que el casoplón de un rico supone una pérdida de secuestro de carbono de 645 toneladas. Es una muestra de la huella de carbono que provocan las viviendas de los multimillonarios.

Aviones privados.

De acuerdo con dicho estudio, sólo en Estados Unidos hay registrados unos 15 mil aviones privados y operan un total de 17 millones de horas al año. Con un consumo de 1300 litros de combustible por hora, hagan cuentas. Los usuarios individuales de aviones privados pueden ser responsables de la emisión de hasta 7500 toneladas de CO2 por año. Según la investigación, toda la nación de Burundi produce menos de la mitad de las emisiones de carbono que la élite de los Estados Unidos produce sólo con sus aviones privados, por no hablar de sus autos de lujo, sus súper casas y sus súper yates. Pero sigamos buscando responsables del deterioro del planeta diferentes de los ciudadanos de la calle. Un estudio de la The Royal Geographical Society y recogido por el portal australiano de la comunidad académica e investigadora The Conversation calculó la huella de carbono que dejan las fuerzas militares de los Estados Unidos. Llegaron a la conclusión que «son uno de los mayores contaminantes de la historia, ya que consumen más combustibles líquidos y emiten más gases de efecto invernadero que la mayoría de los países de tamaño medio». Si fueran un país, solo su consumo de combustible las situaría por encima del consumo de 140 países del mundo.

Fuerzas militares.

El ejército norteamericano, además de las cadenas de suministro empresariales, utilizan una amplia red mundial de buques portacontenedores, camiones y aviones de carga para abastecer sus operaciones de todo lo necesario, desde bombas hasta ayuda humanitaria e hidrocarburos. En 2017 las fuerzas militares norteamericanas compraron en promedio unos 270 mil barriles de petróleo por día y emitieron más de 25 mil kilotoneladas de dióxido de carbono con la quema de esos combustibles. Las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos adquirieron combustible por valor de 4900 millones de dólares, la Armada, 2800 millones, seguida por el Ejército (tierra), con 947 millones, y los Marines, con 36 millones. El estudio denuncia que las emisiones ocasionadas por las fuerzas militares de los Estados Unidos se suelen pasar por alto en los estudios sobre el cambio climático. Resulta muy difícil obtener datos coherentes del Pentágono y los departamentos gubernamentales estadounidenses. De hecho, los Estados Unidos insistieron en que se les eximiera de notificar las emisiones militares en el Protocolo de Kyoto de 1997, algo que se intentó subsanar en el Acuerdo de París.

Gasto militar.

Sin duda, la opción no es que los ejércitos se hagan ecológicos, sino que disminuyan. Al igual que la fabricación de armas. De acuerdo a los nuevos datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (conocido como SIPRI por sus siglas en inglés), el gasto militar mundial en 2020 alcanzó los 2 billones de dólares. EE. UU. está en el primer lugar del ranking, con un presupuesto de 778 mil millones de dólares, mientras que la Unión Europea en su conjunto gastó 232 mil millones de dólares. Es evidente que si se quiere reducir las emisiones de CO2 y actuar en congruencia sobre el futuro del planeta, se necesita disminuir el gasto de la industria militar entre las grandes potencias, más que alentar el consumo de tecnologías «verdes» entre los ciudadanos de a pie.

Amazon y la destrucción de productos.

Mientras el sistema de producción de mercado necesita producir y destruir constantemente, se le echa la culpa al ciudadano y se le responsabiliza del futuro del planeta. Una investigación de ITV News mostró que Amazon destruye millones de artículos sin vender cada año, productos que a menudo son nuevos y no se usan. La filmación encubierta desde el interior del almacén de Dunfermline de Amazon revela la magnitud de los desechos: televisores inteligentes, ordenadores portátiles y de mesa, drones, secadores de pelo, audífonos de alta gama, miles de libros, todo clasificado en cajas marcadas con la palabra «destruir». En una semana de abril, un documento filtrado desde el almacén de Dunfermline mostró más de 124 mil artículos marcados como «destruir». Y así todas las semanas, según un exempleado, algunas de ellas se llega a los 200 mil artículos. Y no olvidemos que Dunfermline es solo uno de los 24 centros logísticos de Amazon en el Reino Unido. Lo que es indiscutible es que las culpabilidades sobre el deterioro del planeta son muy dispares. Según un estudio de Oxfam y el Instituto del Medio Ambiente de Estocolmo del año pasado, el 1% más rico de la población mundial ha sido responsable de más del doble de la contaminación por carbono que la mitad más pobre de la humanidad, conformada por 3600 millones de personas alrededor del mundo. Y la tendencia es que los más pobres siguen bajando sus emisiones y los ricos subiéndose, incluso dentro de los países ricos. Mientras que la mitad más pobre de la población europea redujo sus emisiones en casi un cuarto —lo que supone un 24%— y aquellas personas con ingresos medios lo hicieron en un 13%, el 10% más rico de la población europea incrementó sus emisiones en un 3%. El 1% más rico las incrementó en un 5%.

Que mi madre no coma carne.

En conclusión. En nombre del ecologismo y para salvar el planeta existe toda una campaña mundial que sugiere que nuestros padres, que vivieron la precariedad y las dificultades propias de la segunda mitad del siglo XX, no coman ni un filete a la plancha, por qué atentan contra el medio ambiente. O que mantengamos apagado el calentador de gas, o bien, cambiarlo por uno solar. Algo parecido con el coche, a obreros o jornaleros que viven en zonas marginales donde no existen transportes públicos, muchos retirados al inicio de la pandemia, en nombre del medioambiente, se les sube el precio al combustible de sus vehículos mientras se destinan millones para que los adinerados reciban subvenciones por comprarse un coche eléctrico. Un coche eléctrico que, en virtud de las nuevas tarifas, pagarán el kilovatio de carga tres veces menos que el kilovatio del ama de casa cuando ponga el horno. Mientras las empresas siguen produciendo y vendiendo con envases y embalajes innecesarios, y destruyendo stocks que no pueden vender, a los ciudadanos de a pie se les exige, chip de control incluido, que separen esas toneladas de residuos. Incluso, los ayuntamientos premian a los que más separan y reciclan. No a los ciudadanos que generen menos residuos, sino a los que generen más y los metan en los contenedores de las empresas que ganan millones por reciclar, o decir que reciclan.

Los mantras del reciclaje.

Los medios de comunicación animan a que los jóvenes recojan los muebles de la basura y un centro social en Ecatepec organiza cursos para que las mujeres fabriquen sus propias compresas de tela y las reutilicen. Se le pide a ciudadanos humildes que viven hacinados en ciudades dormitorio que recurren a huertos de autoconsumo o compren frutas y verduras «ecológicas» en los supermercados que valen tres veces más que en la central de abastos. Existe una campaña publicitaria por parte de la industria automotriz para que los ciudadanos promedio desembolsen 500 mil pesos para un coche híbrido porque el Estado les «apoyará» con 5 mil pesos anuales en subvenciones, que paguen 120 mil pesos por colocar 8 paneles solares en su vivienda, que paguen por circular en autopistas construidas con dinero público y por las bolsas de plástico del supermercado, que se compren una casa moderna, sostenible y aislada del frío y del calor y no una de segunda mano de veinte años de antigüedad que es a lo más que pueden aspirar, que compren electrodomésticos de máxima calificación energética aunque sean más caros. Olvidan que la mayoría de la gente vive con lo mínimo, no renueva sus electrodomésticos o coches mientras sigan funcionando, no hace reformas en su vivienda mientras puedan aguantar, compra lo que encuentra más barato sin poder pensar ni origen ni medioambiente, y recurre al mercado de segunda mano como opción más económica.

Sensibilizarnos señalando a los responsables.

Y mientras se exige eso a los ciudadanos sencillos, hemos repasado los 15 mil aviones privados que hay censados en Estados Unidos consumiendo combustible como todo un país de África, millonarios con casas que han necesitado talar 380 árboles para ser construidas, 300 súper yates que arrojan 284 mil toneladas de dióxido de carbono al año y un ejército estadounidense que consume más petróleo que 140 países del mundo. Sin duda es bueno que nos sensibilicemos con la necesidad de poner freno al cambio climático y a la destrucción del medioambiente y que tomemos medidas en nuestra vida cotidiana; pero que no nos engañen diciendo que la salvación del planeta es responsabilidad de todos y que en nuestras manos está el futuro del ecosistema. Insistir en que algunos son mucho más responsables que la gran mayoría de la ciudadanía no tiene como objeto justificar que nos desentendemos del problema, al contrario, la intención es identificar a los culpables y que exijamos que se tomen medidas contra su impunidad y crimen medioambiental.

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