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Eje Oriental: de la utopía a la realidad.

China, Rusia e Irán conforman un proyecto geopolítico denominado Eje Oriental (también llamado Triple Entente Eurasiática) que promueve la integración económica, energética, estratégica, política y militar de las tres naciones a nivel regional y mundial.

Determinado a virar hacia el Este para contrarrestar el unilateralismo de Occidente, el Nuevo Eje tiene como objetivo principal la cooperación trilateral para la implantación de un orden multipolar a escala global.

A continuación, un análisis exhaustivo de los pros y contras que conlleva dicho proyecto, así como de las condiciones necesarias para su implementación en el corto, mediano y largo plazo. Iniciando con una completa exposición del plan maestro y terminando con un balance de las posibles consecuencias de su puesta en práctica. Todo este ejercicio dialéctico-cartesiano bajo un exquisito contexto histórico, político y sociocultural que invita a la reflexión.

Utopía: Rusia-China-Irán, una alianza destinada a romper hegemonías.

El eje Beijing-Moscú-Teherán, gigantesco en términos demográficos, con una población en conjunto de 1600 millones de habitantes, representa el 20% de la población global. Enorme desde el punto de vista geográfico, con 30 millones de kilómetros cuadrados, estos tres países conforman el 60% del continente euroasiático. Destacado a nivel económico, pues las tres economías representan el 25% del PIB mundial. Además, con dos de sus integrantes (China y Rusia) que son parte componente del exclusivo club nuclear y miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con el respectivo derecho a veto. El Eje Oriental está dotado, igualmente, de un poderío militar, capaz de contrapesar, en las áreas de disputa, en el campo naval, terrestre y aéreo, a la OTAN (Organización del Tratado Atlántico Norte –NATO por sus siglas en inglés–), así reconocido por altos mandos de la alianza noratlántica y los propios análisis de los Think Tank, vinculados tanto a la OTAN como al Pentágono.

A pesar de las adversidades, China, Rusia e Irán llevan tiempo intentando concretar una cooperación estratégica al amparo de la decisión de sus gobiernos y con vastas zonas del planeta sujetas a conflictos bélicos o contenciosos de máxima tensión política. Ello, en el marco de coordinar decisiones y acciones respecto a la agresión que sufre especialmente el pueblo sirio, como también el de Iraq y con ello ampliar su base de influencia, no sólo hacia otros conflictos que afectan su entorno y hasta su seguridad interna, sino también desarrollar amplias líneas de relaciones con gran parte del mundo. Sobre todo en planos donde Washington y Europa han desechado el estrechar relaciones, más concentrados en su «guerra global contra el terrorismo» que en desarrollar lazos económicos, culturales y políticos que acercaran, por ejemplo, a Latinoamérica a estos ejes de poder. Por ello, no resulta extraño que Rusia, China e Irán hayan cambiado su política exterior desarrollando una diplomacia mas activa y en terrenos nunca antes explorados.

El acercamiento entre Rusia, China e Irán no es una idea que se haya levantado de la noche a la mañana. Sin duda ha sido catalizado por la acción de grupos terroristas takfirí, que tienen entre sus miembros a militantes de movimientos y mercenarios que provienen también de territorios rusos y chinos, constituyéndose en una amenaza contra esos países, que no puede ser desdeñada. En el caso chino, por ejemplo, el acercamiento de sus fuerzas armadas con el gobierno sirio –al amparo de los propios acuerdos que Rusia e Irán tienen con la República Árabe Siria– constituye un cambio de naturaleza estratégica en la manera en que China se conducía en materia de conflictos internacionales.

En 2014, el presidente de China, Xi Jinping sostuvo durante la IV Cumbre de la Conferencia sobre Interacción y Medidas de Confianza en Asia (CICA, por sus siglas en inglés) celebrada en Shanghái y a la que asistieron los presidentes de Rusia (Vladímir Putin) e Irán (Hasán Rohaní), que «CICA es un foro intergubernamental para promover la paz, la seguridad y la estabilidad en Asia, destinado a convertirse en un referente de la región, que establezca los lineamientos y mecanismos de consulta en términos de defensa, a fin de crear un centro de respuesta en caso de grandes emergencias». Las palabras de XI Jinpig fueron antecedidas por la firma de un histórico acuerdo de suministro de gas ruso a China, por 400 mil millones de dólares, que debe leerse en clave de las consecuencias geoestratégicas que dicho acuerdo apareja, más allá de la suculenta cifra del contrato. La firma de este acuerdo contó con la presencia del séptimo presidente de la República Islámica de Irán, Hasán Rohaní, cuyo gobierno, a partir de esa fecha, también entró en conversaciones, convenios y contratos con empresas del gigante asiático para trabajar juntos, no sólo en la venta de gas y petróleo, sino también en el financiamiento de proyectos de explotación, construcción de puertos, ferrocarriles e incluso un sistema de prospección de hidrocarburos.

El interés chino no se circunscribe sólo a materias comerciales, en la idea de tener salida al Mediterráneo y acceso más directo al mercado europeo, como lo tenía en la antigüedad con la denominada Ruta de la Seda y que hoy Beijing quiere renovar en el plano de todos los acuerdos y proyectos (ferroviarios, portuarios, viales, fluviales, energéticos, tecnológicos, etc.) que se están concretando bajo esta idea y donde Rusia e Irán tienen una participación crucial. A ese elemento comercial, globalizador en el aspecto de los países que involucra y por donde transitaría, se unen elementos de política interna china. El gobierno de Beijing tiene interés de contrarrestar la presencia y acción de terroristas uigures en la Región Autónoma Uigur de Sinkiang, situada al noroeste de China, fronteriza con naciones de mayoría musulmana como Afganistán, Kazajistán, Kirguistán, Turkmenistán y Uzbekistán. Con toda la influencia de los grupos salafistas que allí operan. Ello implica atender razones de seguridad relativos al lugar donde esos grupos terroristas se están formando y ganando experiencia, como es el caso de su presencia en las guerras de agresión contra Siria e Iraq.

Muy similar a la postura de Rusia, que también ve la oportunidad de acabar, fuera de su fronteras (defensa exterior) con miles de terroristas chechenos y daguestaníes, que pueden convertirse en una amenaza real para la seguridad interior rusa, en el momento que esos combatientes retornen a sus repúblicas. Ejemplo de lo anterior es la proclamación del Emirato del Cáucaso por parte de grupos terroristas chechenos, que según Marta Ter, investigadora del Observatorio Eurasia, «marcó un punto de inflexión definitivo en la deriva yihadista de la insurgencia chechena». Concretamente, el 31 de octubre de 2007, Dokú Umárov, sucesor de Aslán Masjádov, declaraba abolida la República Chechena de Ichkeria (secesión no reconocida internacionalmente) para autoproclamarse emir de este territorio, un proyecto de Estado basado en la sharía que ocuparía varias repúblicas del Cáucaso Norte que forman parte de la Federación de Rusia.

También está el objetivo del gobierno chino, de descomprimir el foco de tensiones que se vive en el Mar de la China Meridional. Mediante las presiones y provocaciones estadounidenses llevadas a cabo por sus socios asiáticos (Japón, Corea del Sur e India) y a la cual se suma Australia desde Oceanía, donde el despliegue del escudo antimisiles de Estados Unidos, THAAD (Terminal High Altitude Area Defense, en inglés) en Corea del Sur abriría, según el gobierno chino, una «caja de Pandora» en la región. Sumemos a lo mencionado, la decisión de combatir a miles de voluntarios uigur afincados en territorio sirio y donde incluso, en la ciudad de Raqqa, bajo control del Estado Islámico (EI, EIIL –Estado Islámico de Iraq y el Levante–, ISIS –Islamic State of Iraq and Syria, en inglés– o Dáesh –acrónimo árabe formado a partir del nombre «al-Dawla al-Islamiya fil Iraq wa al-Sham»–) poseen un barrio mayoritariamente habitado por miembros de este grupo étnico. Los chinos, a diferencia de los gobiernos de Rusia e Irán, que poseen datos de inteligencia amplios y concretos sobre los grupos terroristas que pueden afectar sus sociedades, no los tienen y, por tanto, requieren labor, recopilación y análisis de inteligencia sobre cada uno de los grupos que pueden actuar en territorio chino y la manera en que Washington y sus socios europeos, principalmente Inglaterra, controlan sus acciones, tendientes a desestabilizar a Beijing.

Se une a lo mencionado, la decisión de este Nuevo Eje, de confrontar a los gobiernos de Turquía, Israel, la Casa Al Saúd y las Monarquías Ribereñas del Golfo Pérsico, que apoyan con ingentes recursos financieros, armas, apoyo logístico, inteligencia y la apertura de sus fronteras a terroristas que han acometido criminalmente contra las sociedades de Siria e Iraq. Todo ello en el marco de la estrategia del Leading From Behind establecido por Washington y que ha significado desde el año 2003 a la fecha –año que marca la invasión de Iraq– la muerte de cientos de miles de seres humanos, tanto en el Levante Mediterráneo como en el Magreb.

Una estrategia que se vislumbra con claridad en tres coaliciones militares destinadas a agredir: primero, a Libia en el Magreb –con un papel principal llevado a cabo por Francia e Inglaterra– en segundo lugar, a Siria en el Levante Mediterráneo –donde el papel cantante lo lleva el terrorismo takfirí y el apoyo sostenido de Turquía, Jordania, Israel, Arabia Saudita y las Monarquías Feudales del Golfo Pérsico– y en tercer lugar, agredir a Yemen en el sur de Oriente Medio, donde el trabajo sucio lo encabeza la Monarquía Wahabita. Todas las coaliciones militares mencionadas, que supuestamente estaban destinadas a combatir a las bandas terroristas salafistas han resultado un fiasco. Vergonzoso y una conducta criminal, incluso tratando de minimizar la implicancia occidental y sus socios de Medio Oriente bajo la excusa que se apoya a «rebeldes moderados». No existe tal división entre «moderados» y extremistas cuando se trata de bandas takfirí. Y ese fiasco ha sido tal, no porque escaseen los medios económicos, el armamento o no se tenga información, sino que el objetivo es fragmentar a Libia, balcanizar a Siria, desestabilizar la región y mantener una hegemonía de dominio y abusos.

En la consolidación de esta idea de coordinarse política, pero también militarmente, Rusia e Irán han concretado ciertas decisiones. Una de ellas ha sido permitir el uso de la base aérea iraní de Hamadán –en el oeste de Irán– acercando los bombarderos rusos TU-22M3 con alcance de 2500 kilómetros a plena capacidad de carga, a las posiciones de ataque contra los grupos takfirí que operan en Siria y logrando, de ese modo, una mayor efectividad en su aniquilamiento. Esta utilización es parte de los acuerdos militares entre Teherán y Moscú, que ha significado, por ejemplo, que el gobierno iraní se dote del modernísimo sistema de misiles S-300 PMU2, muy cercanos en nivel de avances y eficacia a los S-400 y que ha generado las críticas de occidente, que apelan a la ilegalidad de dicho suministro. Criterio que esconde más la alarma y el temor, sobre todo de Israel, transmitido a través de su padre putativo, Estados Unidos.

La base aérea de Hamadán permite entonces, no sólo disponer de una pista para bombarderos más efectivos contra agrupaciones terroristas, sino que al mismo tiempo proteger esos bombarderos con el sistema de misiles antiaéreos S-300 PMU2 y dotar al sistema defensivo iraní de un moderno equipo de armas capaces de resguardar la integridad de la República Islámica de Irán, amenazada permanentemente por Israel a través de declaraciones belicistas, sobre todo en pleno período de discusión del programa nuclear iraní. Los S-300 PMU2 se componen de 8 lanzadores que se montan en vehículos de transporte. Cada lanzador tiene 4 misiles sobre la rampa, que es capaz de seguir simultáneamente hasta 100 objetivos aéreos y disparar contra 32 de esos objetivos a una distancia de 200 kilómetros. Un contrapeso militar, que resulta indispensable sobre todo considerando el carácter de potencia nuclear no declarada por parte de la entidad sionista.

Utilizar la base aérea de Hamadán ha sido una clara señal a Occidente que la labor conjunta entre Rusia e Irán –a lo que se suma el apoyo político chino, e incluso su acercamiento en el plano militar y el posible despliegue de tropas en apoyo a la lucha contra las bandas terroristas, unido a las acciones llevadas a cabo por el Ejército Árabe Sirio y las milicias de Hezbolá– han dado resultados y marcan la impronta de lo que se debe hacer en materia de combate al terrorismo.

La alianza entre China, Rusia e Irán se comenzó a tejer al calor de las presiones, bloqueos, sanciones y agresiones que Occidente ha ejecutado contra este grupo de países. Ya sea directamente o a través de presiones respecto a reclamos territoriales como es el caso del Mar de la China, intervención en el derrocamiento de gobiernos y la instalación de administraciones proclives a Occidente como es el caso de Ucrania. El erigir un muro militar en las fronteras occidentales de Rusia, a través de la ampliación de la OTAN o las coacciones y ataques contra la República Islámica de Irán desde el momento mismo del triunfo de la Revolución el año 1979 y que se incrementó bajo la excusa del Programa Nuclear iraní y las acusaciones respecto a la supuesta decisión de Irán de fabricar armas de destrucción masiva. Pretexto que sirvió para levantar una de las operaciones más truculentas, desde el punto de vista de la tergiversación política, el manejo de los medios de comunicación, la manipulación de organismos internacionales, la violación del derecho internacional y el establecimiento de sanciones contra la República Islámica de Irán. Un juego clásico llevado a cabo por Washington respecto a generar alarma, acusar, presionar para establecer sanciones, desestabilizar y tratar de derrocar a los gobiernos que no les son serviles.

La toma de Kabul a mediados de agosto de 2021 por los talibanes, constituyó otra vuelta de tuerca. Los análisis desde las más disímiles voces internacionales de la politología auguraron una derrota escalonada para el imperio yanqui bajo la evidencia de la pérdida de uno de los bastiones más importantes para el logro del control de un espacio intercontinental, de un «heartland» similar al augurado por el legendario Mackinder en 1904, de un jaque sin mate para tres de los principales enemigos geoestratégicos con puntos de cercanía geográficos, y también políticos: Rusia, China e Irán. Sin embargo, al analizar el nuevo escenario resultante tras la retirada de las tropas estadounidenses dos cuestiones emergen con urgencia: la inestabilidad en tierra afgana, que puede ser vista como un patrón intencional desde el Pentágono para fragmentar el equilibrio regional circundante a los países antes mencionados (situación coherente también para Israel en su incesante búsqueda por debilitar a Teherán), y la respuesta ante ese escenario desde una mayor cohesión entre aquellas tres naciones que solo resultaría en la concreción de un sólido bloque con fortalezas dadas también desde la diversidad: cultural, económica, política, militar y científica. Esta segunda cuestión parece imponerse.

La conversión de la República Islámica de Irán en miembro pleno de la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO, por sus siglas en inglés) en septiembre de 2021, es una muestra del impulso a los acontecimientos de articulación regional, acelerado por la salida de las tropas estadounidenses del país centroasiático. Y ha sido un impulso porque varios son los hechos que previamente han condicionado dicha membresía, pues no han sido pocos los manejos diplomáticos logrados en años precedentes, aunque los sucesos políticos de 2021 sean definitorios.

En el terreno diplomático, Pekín, Moscú y Teherán se han unido a otros 15 signatarios para establecer a principios de julio de 2021 el Grupo de Amigos en Defensa de la Carta de Naciones Unidas como respuesta a la incesante política injerencista de Occidente. La coalición está conformada por Argelia, Angola, Bielorrusia, Bolivia, Camboya, China, Corea del Norte, Cuba, Guinea Ecuatorial, Eritrea, Irán, Laos, Nicaragua, Palestina, Rusia, San Vicente y las Granadinas, Siria y Venezuela. Entre los principales postulados del grupo está la «no interferencia en los asuntos internos de los Estados, la resolución pacífica de las disputas y abstenerse del uso o de la amenaza del uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, como lo establece la Carta de Naciones Unidas».

En un interesante artículo, Mahdi Darius Nazemroaya, a propósito de la IV Conferencia de Moscú sobre seguridad internacional, señala que la alianza entre China, Rusia e Irán está concretando las peores pesadillas para Estados Unidos, auguradas en su momento por el ex asesor de seguridad Zbigniew Brzezinski, quien advirtió al establishment político y militar estadounidense sobre la conformación de un eje de cooperación eurasiático que desafiaría la primacía estadounidense y sus alianzas alrededor del mundo. Según Brzezinski, esta entente eurasiática podría surgir como «una coalición China-Rusia-Irán con Beijing como punto central». Para los estrategas chinos –y donde coinciden rusos e iraníes– enfrentar a la Coalición Occidental, que incluye a Estados Unidos, Europa y Japón, el contrapeso geopolítico más efectivo sería formar una alianza propia, vinculando China con Irán en la región del Golfo Pérsico-Oriente Medio y con Rusia en el área de la antigua Unión Soviética.

En qué medida el Eje Oriental modificará las relaciones de fuerzas globales es algo que depende no poco de hasta qué punto los tres países se reencuentren en el patrón de pensamiento que sigue en la política mundial una lógica multilateral: quién, cómo, en qué circunstancias, con quién y por cuánto tiempo es posible pactar para sacar juntos provecho geopolítico de una primacía entendida de la manera que fuere. De esta manera comienza a gestarse una alianza estratégica que hasta ahora muestra su músculo en diversos ámbitos del orden mundial y que promete ser el mayor desafío de política internacional que enfrentarán Washington y sus aliados en los próximos años.

Realidad: ¿está realmente emergiendo el llamado Eje Oriental entre Rusia, China e Irán?

Aunque los tres países están sincronizados en diversos temas de interés común, no significa forzosamente que constituyan un Eje Oriental.

El 11 de octubre de 2021, el portavoz del ministerio de relaciones exteriores iraní, Saeed Khatibzadeh, anunció que su país tiene la intención de firmar un acuerdo de asociación estratégica con Rusia. En sus palabras: «Se han concluido los términos iniciales de este documento, titulado ‘Acuerdo Global de Cooperación entre Irán y Rusia’. Estamos en proceso de ultimar diversas cláusulas del documento y lo enviaremos a Moscú. En los últimos años, se ha hecho necesario mejorar las relaciones entre Irán y Rusia y concentrarse en las asociaciones estratégicas. Entre Irán, China y Rusia, está emergiendo el Eje Oriental».

Esto sería un desarrollo mutuamente beneficioso si llegara a suceder, pero la declaración de un Eje Oriental entre Irán, China y Rusia es posiblemente una descripción inexacta.

Los tres países son miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y se han comprometido a facilitar el Orden Mundial Multipolar emergente. Mantienen posturas muy similares en temas clave. Rusia y China generalmente han apoyado a Irán en la mayoría de los temas, excepto cuando se trata de los supuestos planes de la República Islámica para construir armas nucleares. Aun así, a pesar de haber acordado sanciones dentro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas contra el país en el pasado, estas dos grandes potencias están en contra de las sanciones unilaterales que ha impuesto Estados Unidos a la nación persa, y esperan que Estados Unidos renegocie con éxito el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) con Irán en el corto plazo.

En apariencia, por lo tanto, pareciera que estos tres países están sincronizados entre sí, pero dicha observación no significa necesariamente que constituyan un Eje Oriental. Tal terminología evoca provocativamente la mentalidad de la vieja Guerra Fría contra la que Rusia y China están oficialmente en contra. Ninguno de estos países tiene obligaciones de defensa mutua con el otro y, a veces, discrepan sobre temas delicados. Por ejemplo, China e Irán se opusieron a la derogación del artículo 370 por parte de India en agosto de 2019, mientras que Rusia permaneció sólidamente al lado de su socio estratégico todo el tiempo.

Otro punto de discordia entre ellos son los talibanes. Irán es escéptico sobre el grupo y sus motivos, mientras que Rusia y China están comparativamente mucho más abiertos a él. Además, aunque Rusia e Irán son aliados antiterroristas en Siria, difieren sobre su visión posconflicto preferida para la República Árabe. Moscú parece favorecer un compromiso político entre Damasco y los miembros de la oposición armada legitimados internacionalmente que participan en el proceso de paz de Astaná, mientras que Teherán apoya plenamente la renuencia de su aliado a promover ese escenario.

El otro tema polémico que merece atención es la «diplomacia militar» rusa de armar a las partes rivales con la intención de mantener el equilibrio de poder entre ellas y, por lo tanto, alentar una solución política a sus disputas. Esto contrasta con la versión estadounidense de la «diplomacia militar», que pretende alterar el equilibrio de poder a favor de su aliado regional para alentarlo a provocar más agresivamente a su oponente. Rusia sigue armando a los rivales indios y vietnamitas de China. También tiene una entrañable relación armamentística con el rival azerbaiyano de Irán y unas incipientes con sus rivales emiratíes, saudíes y turcos.

Estos hechos «políticamente incómodos» arrojan agua fría sobre la afirmación de que está surgiendo un Eje Oriental entre esos tres países, pero tampoco deben interpretarse en el sentido de que es imposible una cooperación multilateral significativa entre ellos. Por el contrario, todo esto sólo indica que hay límites muy reales a lo lejos que pueden llegar, pero todavía hay un montón de potencial para que aprovechen. Los tres tienen intereses compartidos en el avance de la causa común de la conectividad euroasiática, para lo cual Irán puede desempeñar un papel central debido a su ubicación geoestratégica.

Aunque las recientes tensiones con Azerbaiyán han planteado dudas sobre el futuro del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC) entre ese país, Irán, India y Rusia, el vector general de esta ruta aún se puede lograr a través del transporte marítimo transcaspio si hay la voluntad política y está decidido a ser económicamente competitivo. Con respecto a la Nueva Ruta de la Seda de China (en inglés: Belt and Road Initiative, BRI), se prevé que Irán se convierta en una potencia económica en el futuro debido a las inversiones prometidas por Beijing a la nación persa durante los próximos 25 años con un valor alrededor de los 400 mil millones de dólares. Los dos también pueden conectarse a través de Afganistán-Tayikistán, Asia Central y/o Pakistán.

Adicional a lo anterior, Irán puede aprovechar su posible asociación estratégica con Rusia para recibir más armas de Moscú como parte de la «diplomacia militar» del Kremlin. Esto puede ayudar a mejorar su posición regional frente a sus rivales al tiempo que mantiene el equilibrio de poder entre ellos. Rusia también es reconocida mundialmente por su experiencia en las industrias de extracción de recursos y ferrocarriles, por lo que sus empresas asociadas pueden participar en una «competencia amistosa» con sus contrapartes chinas para que Irán reciba las mejores ofertas posibles de sus socios estratégicamente complementarios.

Volviendo al tema central, la polémica descripción del Eje Oriental sirve a los intereses de la República Islámica en términos de percepción, pues le viene bien a Teherán mostrar a sus rivales, especialmente al eje EE.UU.-Israel-CCG, que no está «aislado» y que cuenta con un importante apoyo por parte de sus aliados. Sin embargo, sus poblaciones podrían verse más influenciadas por esta engañosa afirmación. Lo curioso es que Irán y sus oponentes tienen interés en presentar las relaciones de la República Islámica con Rusia y China de esa manera. Rusia, por su parte, pretende que sea retratada como una alianza defensiva antes de los objetivos multipolares compartidos, mientras que China tiene interés en malinterpretarla como una alianza ofensiva y desestabilizadora que amenaza la paz regional. Es debido a la manipulación mediática que se le pueda dar al término «Eje Oriental» por parte de los oponentes de Irán, que Rusia y China se sienten incómodos con él.

Aunque China y Rusia tienen sus propios escollos con Estados Unidos, prefieren mantenerse al margen de un conflicto con el país norteamericano. Tampoco tienen nada en contra de Israel o del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), por el contrario, están ampliando de manera integral sus relaciones con ambos como parte de sus estrategias pragmáticas de expansión hacia Medio Oriente. Este hecho podría ser «políticamente incorrecto» para algunos sectores en Irán, así como para sus partidarios extranjeros. De ahí que una de las motivaciones para malinterpretar los lazos diplomáticos entre la nación persa y estos dos gigantes, sea la de generar propaganda negra en contra del Eje Oriental.

Podrá gustar o no la terminología empleada para nombrar a dicha alianza, lo cierto es que la denominación de la misma es un asunto de formas y no de fondo. En general, podría decirse que es inexacto, mas no incorrecto, describir las relaciones entre Rusia, China e Irán como un Eje Oriental, ya que la naturaleza de sus vínculos lleva implícitas las características de dicha coalición: multilateral, multipolar y soberana.

Triple Entente Eurasiática: un camino real a la utopía multipolar.

La percepción de un mundo poblado por megarregiones equipotentes se remonta a los trabajos de Karl Polanyi escritos durante la Segunda Guerra Mundial: «El nuevo patrón permanente de las cuestiones mundiales es uno de sistemas regionales coexistiendo uno al lado del otro». Pero el surgimiento de grandes formaciones regionales, cabe apuntar, no es sólo una tendencia abstracta producto de las visiones y percepciones de académicos y estudiosos del orden global, sino que se trata de una tendencia tangible y concreta que ha exhibido una fuerza creciente en las últimas dos décadas. Más de 40 acuerdos de integración a escala intercontinental, continental y regional que están en vigor actualmente alrededor del planeta dan cuenta de ello. Esa utopía multipolar, planteada hace más de 80 años por Polanyi, se materializa hoy en día con la alianza Beijing-Moscú-Teherán bajo los principios de reciprocidad, redistribución e intercambio.

De acuerdo con David Curotto, el orden multipolar, rompe con la hegemonía de uno (unipolaridad) o dos (bipolaridad) Estados, en cuanto a que «se basa en el principio del equilibrio de poder entre los Estados como factor importante para establecer el orden internacional, tratando de impedir por este mecanismo la preponderancia de uno ellos sobre los demás». El término de «interpolaridad» aparece para explicar el cruce entre una redistribución de poder crecientemente multipolar y un proceso de mayor interdependencia global; de tal forma combina concentración y dispersión de poder. Richard N. Haass, por su parte, afirma el advenimiento de una era «no polar», sin un eje clave localizado en un Estado, sino con múltiples centros de poder y diversas fuentes de desorden, no necesariamente gubernamentales.

Hoy existen opiniones divididas, sobre si ya nos encontramos en un sistema multipolar, si nos mantenemos en la unipolaridad, si experimentamos una interpolaridad, si vivimos en la era de la no polaridad o si estamos en plena transición de un sistema a otro. Independientemente de la terminología empleada, lo cierto es que no existe un Estado hegemónico preponderante en todos los rubros del orden mundial, pues China ha rebasado a Estados Unidos en el plano económico y Rusia ha hecho lo propio en el terreno militar, de tal manera que cada una de estas naciones tiene su propia esfera de influencia a nivel regional y global.

Aleksandr Dugin, exponente de la escuela eurasiática, en su denominada «Cuarta Teoría Política» considera a la teoría del mundo multipolar como la única vía posible de romper con el control y la hegemonía estadounidense en todos los campos (con especial énfasis en el ámbito cultural-ideológico), por medio de «los grandes espacios», los cuales serían «conjuntos de naciones, unidas por una civilización común y por intereses geopolíticos y geoestratégicos compartidos».

Partiendo de esta visión, Claudio Mutti, señala que para desafiar la hegemonía estadounidense, se requiere de una potencia o de un bloque de potencias que cumplan los mismos requisitos que permitieron a Estados Unidos ubicarse en el lugar donde se encuentra, estos son: dimensiones continentales, fuerza demográfica, desarrollo tecnológico e industrial, armamento atómico, prestigio cultural, sistema político, capacidad económica y voluntad de potencia. En este sentido considera, que sólo la Unión Eurasiática con China al frente pueden constituir el punto de apoyo de un bloque continental capaz de expulsar a los Estados Unidos de sus zonas de influencia.

Todos los movimientos geopolíticos y lazos económicos antes expuestos demuestran que la relación de poderes en el sistema internacional ha cambiado, pero en esta área más aún con un tono preventivo, tono no de raíz endógena por sí sola, sino de estructura defensiva ante amenazas regionales con fuerte influencia externa. Afganistán ha sido eso, un bastión perdido por Occidente que sólo ha traído de positivo un empuje hacia una mayor integración regional y un fortalecimiento de la zona eurasiática.

De esta manera, el Eje Oriental representa una amenaza real a la hegemonía occidental, que tambalea y que podría ser un catalizador para que otros Estados, cada día más numerosos y disconformes con el actual status quo, definan caminar por un sendero propio. La Triple Entente Eurasiática pareciera una utopía en el plano de las decisiones políticas internacionales, pero la cooperación continua entre sus miembros la convierte en una realidad de vanguardia. Una realidad compleja que tiene altas probabilidades de finiquitar el actual orden global y presentar al mundo un panorama de opciones distintas a lo monocromático que ha sido desde finales de los años 80 del siglo XX hasta ahora.

Fuentes:
https://www.france24.com/es/minuto-a-minuto/20211011-irán-anuncia-un-futuro-acuerdo-de-asociación-estratégica-con-rusia
https://www.aa.com.tr/es/análisis/el-acuerdo-irán-china-en-medio-de-la-transición-de-poder-mundial-/2209349
https://www.rfi.fr/es/oriente-medio/20210918-irán-proclama-victoria-tras-su-adhesión-a-la-alianza-ruso-china

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