Dogma o revolución

El triunfo.

La noche del 1 de julio de 2018 se organizó una gran fiesta nacional. El candidato presidencial de la Coalición Juntos haremos historia, Licenciado Andrés Manuel López Obrador, ganó la elección con más de 30 millones de votos y por un amplio margen. El escenario político se pintaba de esperanza. El triunfo avasallante del candidato que lidera un enorme movimiento democrático popular, por fin vencía al aparato oficial después de dos derrotas, cuando menos poco legítimas, en las elecciones del 2006 y 2012. Triunfos en el congreso, en la mayoría de las gubernaturas en disputa y un enorme número de presidencias municipales y otros puestos de elección. Una victoria impresionante.

El pueblo captó el mensaje de que la participación ciudadana era esencial para inhibir las maniobras del régimen y se volcó a las casillas alcanzando la histórica cifra del 63.43% del total del padrón electoral. El presidente electo ganó con el 54.71% de la votación, lo que representa una legitimidad inobjetable del triunfo y una fuerza política de enorme valor para el desarrollo de un nuevo régimen, que prometió una transición hacía la cuarta transformación histórica de un país con enorme riqueza en recursos naturales, historia, cultura y población económicamente activa. Sexenios de despojo, corrupción, latrocinio, violencia, opresión y entrega del patrimonio de la nación, llegaban a su fin, o por lo menos así se prometió durante la campaña. Además de contener al llamado neoliberalismo, que resultó ser un régimen económico miserable que provocó un crecimiento de desigualdad social monstruoso en nuestro país (y el mundo).

Soplan vientos de cambio.

Las propuestas de gobierno.

El triunfo planteó el escenario de un cambio de régimen de gran calado. Las exigencias de la ciudadanía se decantaron por la justicia social, la seguridad y el combate a la corrupción. Las tres demandas urgentes y que impactarían de inmediato en la vida cotidiana del pueblo. Andrés Manuel López Obrador, ya por fin ungido como el presidente electo de todos los mexicanos, tomó el templete y dirigió un mensaje dando a conocer los que él mismo llamó como Los 100 compromisos de gobierno de su administración. Destacaba la atención a los llamados pueblos originarios. Poblaciones que desde la conquista habían sido devastadas y empobrecidas por la corona española y por los gobiernos de nuestra nación. Se pagaría esa deuda histórica con ellos. Planteó una acción de gobierno inmediata, lo que marcaba un primer cambio con respecto al régimen derrotado: una distribución más equitativa del gasto con el objetivo de atender la enorme desigualdad de grandes sectores de la población. Así se anunció la implementación de programas sociales que atendían a la mayoría de los estratos de nuestro país. “Por el bien de todos, primero los pobres” y para esto se debían de atender otros rubros que definieron a su gobierno y a la manera de ejercer la administración pública. “No más gobierno rico y pueblo pobre”, lo que significa en los hechos la implementación de lo que llamó Austeridad republicana, que significó en la eliminación de sueldos oprobiosos, desaparición de gastos onerosos y el combate a la corrupción. Anunció la desaparición del Estado Mayor Presidencial, que se encargaba de la seguridad personal del presidente y su familia. Eliminó la figura de la residencia presidencial conocida como Los Pinos, que se fue convirtiendo en un gasto faraónico y anunció el regreso a Palacio Nacional del máximo dirigente para vivir y despachar. Su agenda política encontró en la derogación de la Reforma Educativa de su antecesor, la punta de lanza de los cambios legislativos que serían impulsados. Su gobierno se cimenta en la honestidad y el cambio prometido se asentó en esos cimientos que, en un país tan despojado por la clase política y empresarial, no es poca cosa.

En las acciones centrales de gobierno, se planteó trabajar en la separación del poder económico del poder político. Lo que significaba un cambio de paradigma en la manera del comportamiento gubernamental. Un acto de administración pública esencial en la transición hacia un régimen más justo. Por supuesto que esto significaba, también, un primer embate para echar abajo los mecanismos de corrupción que invadieron prácticamente todos los sectores productivos del país. A través de la miserable asociación que los oligarcas nacionales y extranjeros pactaron con los gobiernos anteriores, la fuerza productiva del estado se fue entregando sin pudor al capital privado. Nuestros recursos naturales, que habían sido las palancas de desarrollo económico y social de nuestro país, ya estaban en camino de ser entregados en su totalidad a intereses privados, en un proceso que debía detenerse. Aún estamos a tiempo de revertir el despojo, por eso romper la sociedad del poder económico nacional y extranjero con la administración pública es una piedra angular para atender las más sentidas demandas ciudadanas. La desigualdad social y económica, habían generado enormes índices de violencia. La mayoría de los males que aquejan a la población de a pie tienen sus orígenes en esa vulgar componenda. Andrés Manuel López Obrador lo sabe desde hace décadas y siempre lo planteó y denunció en su camino de lucha social y política. No es un dirigente popular y nada más, asume un liderazgo con la fuerza del vocablo y la carga de autoridad moral que representa. Otro aspecto que no es poca cosa.

El pragmatismo presidencial.

Es innegable que el ahora presidente de México venía de dos derrotas electorales que, al menos en la del 2006, fue un inobjetable despojo en las urnas. En el proceso electoral del 2012, la maquinaria del estado debilitó la candidatura de López Obrador a través de mecanismos mediáticos de injuria y denuesto. Otra forma de despojo electoral. Pero lo del 2006 significó un robo descarado que provocó el descontento de muchos sectores de la población. Aquel despojo, más que debilitarlo, lo fortaleció. Doce años después daba vuelta a semejante oprobio.

Sin embargo, para lograr el triunfo inobjetable que obtuvo, hubo que abrirse a la participación de un amplio espectro político. Se acogieron en el Movimiento de Regeneración Nacional, que él mismo conformó, a miembros de cuadros políticos de derecha y centro. La convivencia con esos cuadros dentro de lo que se suponía en su mayoría un movimiento popular del pueblo (lo que lo ubicaba, junto con el perfil político de su principal fundador, en la ideología de izquierda con todo lo que eso significa), se suponía complicada en los hechos. López Obrador, con todo el enorme bagaje político que fue construyendo por décadas, aplicó el pragmatismo con acuerdos tácitos con reconocidos personajes que habían sido, incluso, parte de los grupos más beligerantes hacia su persona en momentos decisivos para el movimiento. Nombró a la hija de un ex candidato presidencial del Partido Acción Nacional (instituto político de permanente confrontación con su persona), Tatiana Clouthier, como coordinadora de la campaña presidencial. Acogió a ex presidentes y miembros destacados del mismo partido político de derecha, para encabezar candidaturas de la coalición o de plano ocupar puestos en el gabinete. Una apuesta que, según sus cálculos políticos, le resultó positiva, aunque en el trajín de un gobierno diferente, provocaría la traición de algunos de los acogidos.

La Cuarta Transformación, ya instalada como proyecto de nación, caminó con la lógica desaprobación de una oposición moralmente derrotada, pero muy beligerante y decidida a obstaculizar los cambios políticos y económicos que se fueron aplicando. Aquí, esa oposición utilizó todos los medios a su alcance. Se fueron conformando alianzas entre partidos históricamente antagonistas. Un sector del empresariado mexicano, promovió esas alianzas y facilitó fondos económicos para cumplir con la tarea de la oposición política. Los medios de comunicación y algunos líderes de opinión fueron utilizados como arma de denuesto y mentira. Ariete que pretendía un desgaste en la popularidad de un presidente que encontraba en la honestidad y la cercanía con el pueblo, que en el otro régimen no sólo fue ignorado sino abiertamente empobrecido, sus más poderosas armas de contención. Y en medio de esta refriega política de todos los días, el Partido con mayor representación, el Partido del presidente, dejó de serlo para caminar un camino paralelo y poco útil. Supuso, en medio del bacanal del triunfo, que la fuerza y capital político del presidente eran suficientes y que el gobierno avanzaría sin mayor contratiempo. En los hechos se abandonó la lucha que durante décadas se había librado desde un sinnúmero de frentes. Desde las posiciones más radicales de patriotas destacados en la lucha social y política como Valentín Campa y Arnoldo Martínez Verdugo, por nombrar sólo a dos, como la posición de liderazgo democrático del Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. El partido abandonaba a las bases y con eso, a la participación política que el pueblo con el tiempo demandaría.

Nacimiento del peligroso Obradorismo

Los programas sociales cumplieron a cabalidad en dos frentes. El más importante, sin duda, fue paliar, aunque sea un poco, la desigualdad económica y social en los sectores más desprotegidos de la población. Una medida insuficiente, pero urgente y de resultados inmediatos. El otro, por consiguiente, y no menos importante, generar la confianza en las medidas inmediatas de lo prometido en campaña e impulsar un crecimiento en la aceptación del presidente en la ciudadanía. Ambos frentes se convirtieron, además, en el peligroso nacimiento de un movimiento dentro del movimiento: El Obradorismo.

Si bien es cierto que la figura presidencial en un movimiento social de gran calado es esencial, también es cierto que el culto a la personalidad del líder podría convertirse peligrosamente en la figura de un caudillo infalible. En una figura mítica que podría hacer creer, incluso contra la voluntad del propio López Obrador, que estamos ante el salvador del pueblo oprimido. Nada más falso e irreal. Este fenómeno representa el primer paso hacia el mismo camino que sufrieron grandes líderes revolucionarios como Lenin.

El ideólogo revolucionario Vladímir Ilich Uliánov “Lenin” fue objeto de un culto enfermizo, que desvirtuó no sólo su lucha, sino que generó una corriente de pensamiento que canceló los mismos ideales del personaje. Cuando se encabeza una Revolución de cambio radical como la de seres humanos excepcionales, históricos, de la estatura de López Obrador y Lenin, el fanatismo ideológico desvirtúa su propia lucha.

López Obrador, al igual que Lenin, plantea y trabaja desde el campo político, un cambio no sólo de paradigma social en un país devastado por colegas miserables e indignos, está convencido que debe de hacerlo y que sus aptitudes y características de lucha lo sitúan en un escenario que él siempre buscó. Está convencido que la principal herramienta para lograr esa transformación que ha planteado abiertamente a la ciudadanía, es su conocimiento profundo de la historia de México y las condiciones que han generado el deterioro. Él llega al poder a causa de ese mismo deterioro. Los altos niveles de desigualdad y violencia (principalmente) son los que le tendieron a mano abierta la llaves de la puerta de ese triunfo electoral tan buscado como contundente. Sin embargo cuenta también con una característica que lo hace ser un ser humano excepcional. La circunstancia de su honestidad cientos de veces expuesta al escrutinio público a través de sus adversarios políticos y salir de ese laberinto de investigación microscópica sin mancha alguna, lo condiciona a situarse a un nivel que provoca el idealismo de su persona, lo que irremediablemente lo deshumaniza. Si comete un error o torpeza, siempre acaban, sus adoradores, por justificarlo con el argumento vacío y servil de que seguramente es una suerte de estrategia política tan profunda que no la comprendemos. Esa deferencia hacia su estatura de líder, desvirtúa y tergiversa las fortalezas del ser humano y catapultan al político a la desaparición de él mismo y a la colocación de un pensamiento o ideología que no comprenden ni siquiera sus más grandes defensores. Entonces la Revolución que él encabeza y promueve, se convierte en un dogma político y servil. Pierde el sentido de lucha y se enfrasca en la falsa valoración de un personaje tan bueno como fantasmal.

Dogma VS Revolución

El pensamiento revolucionario no es espontáneo. Es un proceso que se va construyendo a partir del contexto histórico, de la herencia de vida del propio revolucionario y de la conciencia social. Se nutre de lecturas, de experiencias, charlas, encuentros y debates. Los pilares de ese pensamiento son los ideales y principios de quien lo construye a partir de la teoría y lo aplica en la praxis. Su fortaleza se adquiere a través de la dialéctica y la lucha misma. Converge en el procesamiento de la cultura revolucionaria y la práctica revolucionaria. Procede del bagaje que como ser político se aprende y se aprehende. La diferencia central entre un bandolero y un revolucionario es la cultura: la ideología de lucha.

En este proceso, la valoración de la crítica social es la esencia del pensamiento revolucionario. El conocimiento y análisis profundo de la situación social de la nación y su entorno histórico y político, despiertan un proceso de beligerancia -intelectual como primer aliento- y conciencia. Entonces se asume como capaz de cambiar los procesos económicos y con eso alcanzar las libertades y derechos de la población que, precisamente por esas prácticas económicas y políticas aplicadas por el estado, se fueron acotando. Ya con ese análisis profundo, se va construyendo un primer diagnóstico ayudado, principalmente, por el conocimiento teórico y la crítica social. La dialéctica es el faro que alumbra el camino oscuro de la lucha contra la tiranía de un estado al servicio del opresor. No se puede pretender alcanzar el cambio de paradigma de gobernanza sin la fortaleza que nutre a la práctica revolucionaria.

Históricamente, las revoluciones sólo han servido para cambiar el sujeto o grupo político que ejerce el poder del estado, cuando en realidad la revolución (cualquiera que esta sea) tiene pretensiones de más elevado compromiso y de gran calado.

La Revolución Francesa sólo canceló el poder absoluto de la nobleza en lo político, económico y social, para encumbrar a la burguesía como el nuevo tirano. Durante la construcción de ese proceso revolucionario, se convencieron a las diferentes capas de la sociedad, algunas de ellas con, incluso, antagonismos irreconciliables, para luchar por la libertad política y social, que en los hechos sólo fue alcanzada por la burguesía. Se eliminó al tirano opresor colocado en la punta de la pirámide social, para que se asentara en esa cúspide a otro que resultó, con el tiempo, más miserable y sanguinario. El evento histórico de La Comuna de París y su violenta disolución armada y ejecutada desde el estado burgués, es una inobjetable prueba de ello.

Las verdaderas revoluciones sociales las encabezan líderes populares, que encuentran en la injusticia social del oprimido la causa primordial de la gesta que convoca. El líder revolucionario debe ser, primero, un comprobado luchador social y después, para alcanzar la trascendencia requerida, un excepcional ser humano que destaque no sólo por su valor, sino por su cultura revolucionaria y la capacidad y conocimiento necesarios para encabezar un cambio que resultará muy difícil de alcanzar. Y ese líder lo sabe. Lo sabe a la perfección, de ahí su excepcionalidad como revolucionario, como persona y como ciudadano. A los héroes los construye la narrativa histórica, a los gigantes los hechos consumados de la lucha revolucionaria.

México siempre ha sido una nación ninguneada desde el mismo poder político. Su verdadera grandeza sólo ha sido utilizada como propaganda nacionalista de un estado al servicio de los intereses económicos del poderoso. El proceder de ese estado, no sólo contravino al enorme bagaje cultural de una nación poderosa y rica en cada uno de los rubros sociales y económicos, sino que la fue entregando al imperio económico y militar más miserable y sangriento de la historia de la humanidad. La riqueza de los bienes naturales de la nación, fueron rematados sin pudor y con descaro. Se traicionaron los principios más profundos de la Revolución, que sólo se bosqueja en libros de historia y crónicas de la época. Que se nos presentan como nombres de calles y avenidas o en enormes monumentos y estatuas de bronce y marfil. Los verdaderos libertadores trascienden la memoria de sus pueblos, y reclaman un lugar en el colectivo histórico del mundo entero. De eso tenemos muchos, que con comprobado valor (de valía y valentía) y compromiso con su pueblo, ya están en la cumbre histórica que les pertenece.

Andrés Manuel López Obrador cumple a la perfección lo que se requiere para ser un gigante revolucionario. Su lucha trasciende, primero, porque accede al puesto político requerido para instrumentar esta lucha revolucionaria sin violencia. Cuenta con una inobjetable historia de vida desde la lucha social y política. Cubre los requerimientos de cultura, profundo conocimiento del contexto histórico y social de México y reconoce su grandeza como nación. Se ha nutrido de la crítica social como arma revolucionaria, pero sobre todo conoce al adversario, al régimen tiránico y opresor al cual enfrenta. Lo conoce desde la posición más peligrosa que existe cuando se combate a un estado represivo: la oposición participativa.

El ahora presidente de la república, avanzó en la lucha revolucionaria desde el templete político con la fuerza necesaria para convencer al pueblo que él debía y podía encabezar la gesta. Recorrió el país entero para transmitir su mensaje de libertad, con el único objetivo de aplicarlo sin cortapisa cuando alcanzara la posición política que requería. El pueblo, convencido en su mayoría por el mensaje, le otorgó la confianza electoral para hacer cumplir lo ofrecido.

Para avanzar con la encomienda, López Obrador debía aplicar el planteamiento teórico e ideológico de la tarea que emprendía. Siendo un luchador social nato, los preceptos filosóficos del pensamiento de la izquierda revolucionaria lo acogieron y le abrieron las puertas que él aceptó como compromiso e ideales. No puede existir verdadera revolución sin combatir los mecanismos implantados por el poder económico en un régimen basado en la acumulación de la riqueza a través de los procesos productivos de explotación y deterioro social.

Desde el primer minuto de su mandato, el presidente ya contaba con una aprobación popular indiscutible y poderosa. Consciente de esa fuerza, fue construyendo los pilares del proyecto que él llamó Cuarta Transformación, asumiendo el compromiso histórico de una nación que reconocía en la Lucha de Independencia, La lucha de Reforma y La Revolución, como los primeros pasos históricos hacia el camino para lograr afianzarse como la enorme nación que ya deberíamos ser. Ese compromiso lo catapultó aún más en su popularidad y aceptación, rasgo que no sólo lo enaltece y lo empodera, sino que lo compromete aún más en el camino que emprendió con firmeza y convicción. Pero surgía de forma paralela y casi fuera de control, un culto no político, no social, sí muy peligroso: El Obradorismo.

La trascendencia de su propia lucha, triunfo electoral, honradez, compromiso social y amor a su pueblo y su nación, rebasaban a la revolución misma que él no se cansaba de poner en el pináculo de su gobierno. Muchas veces impulsó la figura del pueblo como el verdadero poderoso en esta lucha. La imagen del soberano, como él lo destaca en innumerables discursos, debía colocarse por encima de la propia imagen del líder revolucionario. El lo tiene claro y conoce a la perfección lo que sucede cuando El Hombre se coloca por encima del pueblo. Por eso desechó de inmediato y sin chistar, el primer foco rojo que se prendió apenas a semanas de asumir el poder: La reelección.

Como ser humano excepcional, no sólo objeta el servilismo de colaboradores y del pueblo mismo, sino que desprecia esos comportamientos con la congruencia revolucionaria de un líder que tiene claro que trascender en la lucha no es trascender como imagen mítica. Que la verdadera trascendencia está en los hechos y no en las personas. Pero esa figura mítica se iba construyendo desde la falsa premisa de apoyo popular. Se instalaba al Obradorismo como la ideología propia de una nación más que de un gobierno, desvirtuando los principios de la misma revolución. Se fue debilitando al partido político que lo impulsó en esta lucha. Se fue tergiversando su imagen y se convertía en un Tótem Sagrado que todo lo puede, obedeciendo a la voluntad de un pueblo ávido de líderes políticos con las características de honradez y trabajo que el propio López Obrador tiene como sus máximas fortalezas.

Los adversarios políticos, aliados con el imperio norteamericano a través de un sector empresarial conformado por los agraviados por la lucha y el cambio, arremeten todos los días con su agenda golpista, que se estrella con el poder popular del líder, pero que alimenta, también todos los días, a ese Obradorismo que, paradójica pero irremediablemente, es quien debilita la verdadera lucha del revolucionario.

El peligro de ese culto desmedido, es el de instalar el pensamiento del líder y sus acciones políticas y de gobierno como un hecho de verdad absoluta, cancelando la crítica y, como resultado, a la dialéctica revolucionaria. Aquél que esgrime una crítica o desacuerdo con el presidente, se coloca en el paredón del despreció y el linchamiento social. El Obradorismo adquiere la falaz careta del totalitarismo ideológico sin perseguirlo, lo que debilita la estructura de un gobierno que busca la paz y el desarrollo, el cambio y la justicia, la democracia y la igualdad. Sin darse cuenta, los adoradores de la figura presidencial ya no protegen ni acogen a su líder, paradójicamente lo idealizan, deshumanizando al ser humano excepcional y cancelando sus más grandes virtudes y principios. El Obradorismo puede convertir los ideales de transformación en un dogma, más que la revolución que se planteó desde un inicio.

Revertir este proceso es muy complicado, pues tiene muchas aristas ya visibles e instaladas en el propio movimiento. Morena, cultivando la arrogancia, desestima el poder de las bases y se ha enfrascado en la lucha interna y electorera. El Congreso está repleto de personajes que persiguen el compromiso personal más que el de la lucha a la que pertenecen. Muchos de ellos no asumen aún el papel que les corresponde en esta revolución y se pasean con soberbia por un campo de batalla que todos los días requiere de unidad y no de sectarismo. Jalan agua a su molino particular, despreciando el enorme compromiso histórico que les ha tocado vivir como co-protagonistas, algunos inmerecidamente.

El riesgo es enorme. Las valoraciones políticas sobre el camino que ha de seguir este movimiento popular llamado Cuarta Transformación sólo se alcanzará con el permanente debate de ideas e ideología, de crítica social y combate revolucionario y de planteamientos ideológicos. El adversario es aún muy poderoso y servil a los intereses económicos más oscuros y perversos. Debemos hacerle frente con firmeza y unidad. La llamada derecha puede resurgir de las cenizas aún humeantes de su derrota, para convertirse en el ave fénix negra y miserable que resurgirá -no lo duden- con renovados bríos cargados de violencia y despojo aún más brutal del que conocemos y hemos sufrido. El futuro de nuestra nación está en juego. Levantemos la vista hacia el horizonte de libertad política y económica que es el único camino para alcanzar el objetivo. Dejemos que nuestro líder máximo, Andrés Manuel López Obrador, se equivoque y corrija. Como él mismo lo ha dicho: “Si metemos la pata, saquemosla y continuemos.”

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