Jesús: el político más popular en la historia de la humanidad.

En nuestro mundo moderno, donde la religión se ve como separada de la política, y la espiritualidad se encuentra ligada a un afán consumista de experiencias de bienestar que acepta dogmas y frases ajenas a las escrituras, el eslogan «Jesús no fue un mesías político, sino uno espiritual», se repite, y se celebra con entusiasmo — aunque, curiosamente, en ningún lugar del canon bíblico aparezca tal aseveración.

¿Fue Jesús un mesías político?

En el sentido habitual de la palabra, no lo fue. Jesús no fue un miembro del Sanedrín, ni un revolucionario populista, ni un guerrillero iracundo, ni un republicano nacionalista, ni un opositor independiente. Sin duda Jesús no fue el tipo de mesías que sus contemporáneos esperaban.

Pero dejando de lado estas etiquetas, en el sentido pleno de la palabra «político» (aquello que tiene que ver con la vida del estado o la ciudad — la polis —) Jesús sí fue un mesías político. Afirmar que Jesús fue nada más un rey «espiritual» poco tiene que ver con lo que revelan los cuatro evangelios canónicos — y, en efecto, el resto de los escritos bíblicos.

Por eso, si el nazareno fue el mesías (un título que él mismo aceptó, y cuyas connotaciones políticas eran evidentes en ese entonces), quizás preguntas que requieran respuestas más precisas sean otras: ¿qué tipo de mesías fue Jesús? ¿A cuál política le apostó? ¿Cómo era su entorno político?

A partir de estos planteamientos y sin más preámbulos, salgamos de viaje en busca del verdadero Jesús, intentando responder estas y otras interrogantes situándonos en el complejo contexto sociopolítico que acaecía durante el siglo I en Oriente Medio.

Desde su nacimiento causó revuelo entre las élites, pues no fue fácil «digerir» la noticia de que vendrían diplomáticos y políticos extranjeros de alto rango a presenciar el nacimiento de un plebeyo, hijo de artesanos judíos. Situación que provocaba tensión en las relaciones internacionales del Estado hebreo con el resto del mundo, pues se temía un «golpe de Estado blando» («Soft Coup») financiado por los imperios del Lejano Oriente, dejando en total anacronia al mismísimo Gene Sharp.

Aquí surge el primer movimiento político entorno a la figura de Jesús; un acto de terror, represión y censura por parte del Estado: «El Genocidio de Belén». Dando lugar a la conmemoración de un episodio hagiográfico del cristianismo: la matanza de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén (Judea) así como de toda persona que tratara de impedirlo; ordenada por el rey Herodes I (el Grande) con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazaret, «futuro Rey de Israel».

Galilea, año 27: bautizado por un predicador itinerante, Juan el Bautista. Ahí es cuando realmente comienza la historia.

Galilea está gobernada por reyes putrefactos y clientelares del imperio romano: primero Herodes I (el Grande), luego su hijo Herodes Antipas. Jesús entra solo a la jurisdicción imperial, más tarde, cuando se muda a Judea, pasa a ser una provincia romana.

Galilea tiene que ver con tierras agrícolas y pesqueras, rodeada de griegos y fenicios mucho más sofisticados. Jesús crece en un contexto de simple vida campesina; aumento de impuestos; explosión demográfica; y luego la fragmentación ininterrumpida de la tierra campesina, provocando las presiones proverbiales sobre la vida familiar tradicional en un entorno rural.

La opresión social inevitablemente tuvo que engendrar resistencia, en forma de malestar campesino en ciernes. Hablamos de un terreno bastante fértil para la proliferación de líderes políticos y espirituales.

En los días del nazareno la política en la provincia de Judea era cosa agitada. En su mayoría, los diferentes grupos de la Palestina del siglo primero esperaban la llegada del «reino de Dios». La subyugación arancelaria y militar de los romanos no concordaba con las esperanzas de antaño de que Dios — y sólo Dios — sería Rey. Algo tenía que cambiar. La tierra prometida estaba ocupada por soldados, e inundada de monedas con el rostro idólatra del César. No fluían la leche y la miel.

De ahí que las agendas políticas y mesiánicas existían por doquier — y en todo tipo de colores y sabores. Los saduceos tenían el poder; pertenecían a la aristocracia; y estaban aliados con Roma. Les resultaba conveniente seguir comprometidos con el mega-poder de sus días. Herodes y sus sucesores eran títeres de los romanos. Pero les resultaba oportuno: disfrutando los beneficios del Imperio, les importaba poco cambiar el sistema. Ante tal apostasía, los esenios, por su parte, huían al desierto, buscando purificarse, renunciar al régimen templario actual, y así demostrar su fidelidad rigurosa ante los rituales de la ley. Los fariseos pertenecían al pueblo, y como maestros de la ley, esperaban demostrar su superioridad por medio de la observancia estricta de la tradición hebrea. Los zelotes ardían en rabia contra los romanos, listos para emprender revoluciones violentas, luchar la gran batalla, y así despojarse de la sumisión extranjera.

Sin embargo, ¿quién era Jesús el Hombre, en realidad? ¿Un santo judío? ¿Un profeta? ¿Un rey vanguardista? ¿Un fanático religioso? ¿Un mago? ¿Un hombre milagroso? ¿Un líder campesino? ¿Un revolucionario? ¿Un mesías? ¿Un líder comunista? Prefigurando a Walt Withman, «contenía multitudes». De hecho, Él era todo para todos los hombres.

Lo que sabemos con certeza, es que tenía carisma con creces y exudaba autoridad natural.

Los evangelios sinópticos señalan problemas con su mamá y con sus hermanos. Sin embargo, nunca abandonó a sus seguidores, esos doce especiales, todos de orígenes muy humildes, excepto Mateo (un recaudador de impuestos).

Vivía en la calle (polvorienta), a tiempo completo, y eso no era exactamente agradable. Se sentía cómodo con todos, incluidos leprosos y prostitutas.

Como predicador, tenía Maestría en Relaciones Públicas. Hablaba en parábolas, fáciles de entender por las pequeñas comunidades agrícolas. Ahí es donde se sentía realmente como en casa.

Entonces Jesús fue un fenómeno rural, no urbano. Apeló especialmente a los que estaban enfermos, mental y físicamente. Se ganó una sólida reputación como sanador: todas esas curas milagrosas cuidadosamente organizadas, especialmente los exorcismos. Y todo interpretado como un signo de santidad.

Jesús era un hebreo-palestino. Sus seguidores eran abrumadoramente judíos, esos campesinos desestabilizados por los fuertes impuestos a sus tierras y chocando sin gloria con la corrupción de la maquinaria política de Herodes.

Jesús se centró en la inminencia del reino de Dios. Pero, ¿qué quiso decir realmente? Los evangelios no lo hacen más fácil. Gran parte de su predicación es inclusiva. Sin embargo, a veces se refería a un «Juicio Final» en el que los malvados serán castigados y los buenos recompensados.

Esencialmente, fue un profeta milenario. Pero por mucho que se esforzara por la renovación moral, estaba transmitiendo un mensaje social, donde el «Reino» por venir representaba el «Triunfo del Marginado». Lo que eso significa realmente, en la práctica, es posiblemente una renovación en la vida comunitaria de la familia y la aldea.

La política de aquellos días, de nuevo, era cosa agitada. Aunque cada grupo le apostara a diferentes caminos para que llegara, todos en la polis estaban a la espera de la era mesiánica. Roma tenía que marcharse; Dios tenía que venir. Y en este sentido, la de Jesús también se ajustaba a tal pretensión. Al igual que los esenios, Jesús buscó inaugurar un nuevo orden; al igual que los fariseos, esperaba que la ley fuese llevada a su cumplimiento pleno; al igual que los zelotes, se aferró a las promesas proféticas de antaño esperando que Dios interviniera decisivamente en la historia de su pueblo trayendo paz, justicia y prosperidad. El carpintero de Nazaret sabía que algo tenía que cambiar.

Independientemente de las verdaderas intenciones de sus actos, lo que es una realidad, es que los poderes fácticos temían a Jesús, pues después de todo, era demasiado popular. E inclusive, aunque no aconsejaba la resistencia armada, el «Estado Profundo» no podía dejar de estar muy preocupado por un líder carismático con atributos milagrosos que deslumbraba a la multitud.

Jesús pudo haber sentido que era un objetivo. Y quizá eso es lo que pudo provocar su traslado a Judea, posiblemente en el año 30, para posteriormente mudarse a Jerusalén.

Jerusalén pudo haber sido el «Santo Grial». El ápice de su misión, cuando finalmente sintió que estaba listo para enfrentarse de cerca a los poderes detrás del Templo.

Hizo una entrada a Jerusalén que fue nada menos que épica, montado en un burro, como si cumpliera la profecía (Zacarías) de que «un rey» entraría en Jerusalén en un burro. En Mateo, las multitudes en realidad lo llaman «Hijo de David».

Jerusalén estaba llena de gente que se reunía para la Pascua. Y por último, pero no menos importante, el gobernador romano Poncio Pilato y sus tropas también estaban en la ciudad, recién llegados de Cesarea, el cuartel general romano en la provincia, y obsesionados con mantener el orden.

Entra Caifás, el sumo sacerdote: un astuto operador político con vasta experiencia, que logró durante años obtener el apoyo de los judíos mientras aplacaba a sus señores romanos.

Ahora imagina la escena, digna de una epopeya de Scorsese: un predicador itinerante y forastero de Galilea, que llega a las calles mezquinas con su pandilla, todos hablando con acentos extraños, con la multitud gritando que puede ser el Mesías.

Y luego, la pieza definitiva: entra al Templo solo y derriba las mesas de los agiotistas.

¿Qué quería realmente? Ese es el Jesús político 1 y 2.

1. Destacar gráficamente el fin del antiguo orden – Templo incluido – y la llegada del «Nuevo Reino».

2. Expresar, políticamente, la creciente revuelta popular contra la élite gobernante.

Y por un simple giro del destino, fue entonces, cuando selló su destino.

El retroceso fue instantáneo. Había que atemperar a saduceos y fariseos. Temían las represalias romanas. Y entonces Caifás vio su apertura, diciéndoles –según el Evangelio de Juan– «es mejor que un hombre muera por el pueblo».

Y así es como se utilizó a Jesús el Forastero como sólo un peón en su juego para mantener el orden en Jerusalén.

Ahora era libre de pasar a la Historia como el Mártir, Mito y Político más grande en la historia de la humanidad.

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