1º de mayo: los derechos se conquistan luchando.

Lo que se prometía como la solución a los problemas de la clase trabajadora no ha supuesto más que un nuevo y enorme fiasco; las reformas laborales de 2020 y 2021 suponen la definitiva legitimación y consagración, por parte del autodenominado gobierno más progresista de la historia, de aquellos aspectos más lesivos que ya se avanzaron en las reformas laborales de 2012 (gobierno de Calderón) y de 2017 (gobierno de Peña Nieto).

Entre otras cuestiones, se quedan los mecanismos que facilitaban los despidos (no se recuperan indemnizaciones ni los salarios caídos en juicios laborales mayores a un año), se quedan las razones intangibles de las previsiones económicas (pérdidas previstas o futuras) para poder llevar a cabo despidos individuales o colectivos, o la no intervención de la autoridad en los casos de subcontratación «especializada» y democracia simulada.

De los convenios de empresa, únicamente se garantiza la igualdad salarial, pero no lo demás. Y en materia de subcontratación, se tendrá que luchar en los juzgados sin lugar a dudas, ya que no se da una solución clara a quienes realizan igual trabajo pero no reciben igual salario.

Mientras tanto, el coste de la vida se sigue encareciendo a toda velocidad, sin que las rentas de la clase trabajadora crezcan al mismo ritmo. En unos casos, con la complicidad activa de los sindicatos mayoritarios —charros y blancos—. En otros, por culpa de una estudiada pasividad por parte de quienes gobiernan. Bienes de primera necesidad alcanzan su precio récord un mes tras otro. Ni los salarios ni las rentas básicas tienen una actualización que se equipare al encarecimiento del coste de la vida. En todos los frentes podemos observar lo mismo: precariedad y explotación laboral, formas contemporáneas de esclavitud.

Ahora, además, cuando apenas hemos empezado a pagar las consecuencias de la crisis generada por la COVID-19, se avecinan las de la guerra de Ucrania. El sistema capitalista ya ha puesto en marcha su maquinaria para que nuevamente seamos los trabajadores quienes asumamos los sacrificios y lo van a hacer como siempre, con la complicidad de los sindicatos mayoritarios, que sin lugar a dudas nos van a vender una vez más, como ya lo han hecho con las cacareadas reformas laborales.

La COM (Casa del Obrero Mundial) está en pie, ni le harán creer ni la harán callar, por más operaciones propagandísticas que lleven a cabo quienes prometían asaltar los cielos. Las conquistas sociales se consiguen en la calle y no en las urnas. Las verdaderas conquistas sociales, las que suponen una verdadera transformación, jamás han surgido de un pacto entre oligarquías.

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